SOBRE EL CAMINO

Por. – Benjamín Bojórquez Olea.

Entre malabaristas del discurso y domadores de crisis…

En el México contemporáneo, la lucha política ha evolucionado en un terreno de confrontaciones donde las verdades y las mentiras se entremezclan con un solo propósito: la ruina del adversario. En Sinaloa, esta dinámica se hace aún más evidente cuando se analiza la feroz embestida contra el gobernador Rubén Rocha Moya. Sus detractores de la derecha en todo el país han construido una narrativa que busca desestabilizar su administración, utilizando como pretexto la crisis de inseguridad que atraviesa el estado, sin reconocer el contexto ni las raíces históricas del problema.

Desde la oposición, el llamado a la renuncia de Rocha Moya no responde a un legítimo cuestionamiento sobre su gestión, sino a una estrategia calculada que pretende capitalizar la incertidumbre. No se trata de una crítica constructiva que busque mejorar la situación del estado, sino de una narrativa prefabricada que intenta erosionar la confianza ciudadana en su gobierno y en el movimiento que representa. La pregunta es: ¿acaso un cambio de liderazgo resolvería de inmediato los problemas de inseguridad? La oposición sabe perfectamente que no se resolvería la crisis de inseguridad con la remoción del originario de Batequitas, Badiraguato. La respuesta es más que evidente. La crisis de violencia que atraviesa Sinaloa es multifactorial, no responde exclusivamente a la administración actual, sino a una estructura arraigada que ha convivido con el poder durante décadas. ¿Quién asegura que en los gobiernos anteriores gobernados por los que hoy critican no negociaban con el crimen organizado? Aquí aplica la celebre frase de Winston Churchill: “nunca dejes que una buena crisis se desperdicie”.

Históricamente, la derecha ha criticado la hipocresía del viejo régimen, pero en su intento de retomar el control, adopta las mismas prácticas que alguna vez condenó. La política en Sinaloa parece dividirse en dos caras: la de aquellos que buscan gobernar con la complejidad que ello implica y la de quienes, con corbata y retórica incendiaria, esperan que el caos político les abra la puerta del poder. El oportunismo de la oposición es evidente: aprovecha el desgaste y la tensión social para posicionarse como la única alternativa viable, ignorando su propio papel en el deterioro del estado.

La polarización no es un fenómeno nuevo ni exclusivo de Sinaloa. En la historia política de México, la confrontación ideológica ha sido constante, pero su neutralización no se logra con discursos maniqueos ni con la negación de la complejidad del entorno. Intentar eliminar esta polaridad, como algunos sugieren, sería un error garrafal: la democracia necesita la diversidad de pensamiento, pero también requiere de una oposición crítica y propositiva, no una que se limite a la descalificación sistemática sin aportar soluciones reales.

El verdadero peligro radica en la construcción de un relato en el que la única verdad permitida sea la de la oposición. Si el objetivo es desinformar y confundir a la ciudadanía con medias verdades y manipulaciones, ¿qué tipo de ética política estamos fomentando? La crítica pública es necesaria, pero debe ejercerse con responsabilidad y no con el único afán de recuperar el poder a cualquier costo. La seguridad en Sinaloa y en todo México es un problema serio que merece ser abordado con altura de miras y con el reconocimiento de que todos los actores políticos, sin excepción, tienen parte de responsabilidad en la crisis.

GOTITAS DE AGUA:

La política no es una batalla entre el bien y el mal, sino un complejo entramado de intereses, ideologías y responsabilidades compartidas. Si la oposición realmente aspira a ser una alternativa legítima, debe abandonar la postura de juez supremo y empezar a reconocerse a sí misma en el espejo de la historia. De lo contrario, su ceguera ante las zonas grises de la política será su propia condena. “Si cierran la puerta, apaguen la luz”. “Nos vemos mañana”…

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