Por. – Benjamín Bojórquez Olea.
La soledad de Paola
Su insubordinación de la aún diputada priista Paola Garate Valenzuela al oficialismo es real, visible, incómoda y, paradójicamente, necesaria. El PRI sinaloense no tiene otra voz con filo mediático, temple discursivo y presencia legislativa como la suya. En un partido envejecido, burocratizado y resignado, Paola representa lo único que todavía respira oposición. Sin embargo, el PRI la ha relegado. La ha tolerado, pero no la ha abrazado. La ha usado. Por ahora.
La paradoja es brutal: la única priista que incomoda al poder es la priista que su propio partido no quiere empoderar. Su “viscosidad política”, esa capacidad camaleónica de moverse entre discursos de ruptura y gestos de lealtad institucional, ha generado confusión social. Públicamente, ella sostiene una narrativa de unidad; en los hechos, el divorcio político con su partido es evidente. Y en política, los divorcios no se anuncian: se consuman con candidaturas negadas, con puertas cerradas, con listas plurinominales vetadas.
Paola no es una figura fácil de administrar. Tiene temperamento, es irreverente, maneja su agenda propia y ambición visible. Virtudes en una oposición auténtica, defectos en un partido que premia obediencia. Su conducta puede parecer magnánima, pero también peligrosa para estructuras que viven de la disciplina vertical. Por eso incomoda. Por eso estorba. Por eso no la promueven.
Y aquí viene la encrucijada real: no ha renunciado al PRI porque no puede renunciar sin un salvavidas político. La política no se abandona con dignidad; se negocia con frialdad. Su aspiración —Culiacán— es el horizonte. Su estrategia —pintarse de ciudadana tras una salida pactada— es predecible. Su cálculo —ganar tiempo para asegurar plataforma— es lógico. Pero su problema es estructural: sus nuevos mentores no controlan el PRI. El ex gobernador sinaloense Francisco Labastida Ochoa y el actual gobernador del estado de Durango Esteban Villegas Villareal no reparten candidaturas priistas. El queso, el poco que queda, lo corta Alejandro “Alito” Moreno.
Y ahí está la tragedia: sus nuevos padrinos no tienen una relación política estable con quien manda en el PRI nacional. En política, los padrinos sin llave no sirven para abrir puertas, solo para tomarse fotos. Mientras tanto, el reloj corre. Su tardanza en renunciar es un arma de doble filo. Si se va sin acuerdo, queda vulnerable. Si se queda demasiado, el PRI puede neutralizarla con lo que mejor sabe hacer: memoria selectiva y archivo político. Porque el PRI le conoce todo. Y cuando un partido te conoce todo, te vuelve negociable o descartable.
Paola juega a ganar tiempo. Tiempo para negociar su salida. Tiempo para buscar el naranja, el verde o el azul. Tiempo para reconstruirse como candidata “ciudadana”. Pero cada opción tiene un costo. En MC, será una más en la vitrina. En el Verde, dependerá del pragmatismo sin ideología. En el PAN, hará fila detrás de pitufos ya palomeados desde la federación, donde la disciplina pesa más que la amistad con Roxana Rubio.
Paola Gárate está en la encrucijada clásica del político joven con ambición real: salir demasiado pronto y perder estructura, o quedarse demasiado y perder narrativa. Rebelarse sin padrino es romanticismo; negociar sin fuerza es sumisión.
GOTITAS DE AGUA:
Paola todavía tiene voz. Pero la política no escucha voces: escucha números, pactos y relaciones. Y en esa mesa, hoy, ella no está cortando el queso. Está esperando que alguien se lo sirva. “Si cierran la puerta, apaguen la luz”. “Nos vemos mañana”…
