Por. – Benjamín Bojórquez Olea.
Cuando el ruido intenta mover al rey
En política, el ruido casi nunca es casual. Y el silencio, cuando se prolonga, suele ser una decisión estratégica… o una omisión peligrosa. La denuncia anunciada contra el gobernador Rubén Rocha Moya —envuelta en el lenguaje grandilocuente de la delincuencia organizada, pero sostenida en un andamiaje mediático frágil— no puede leerse en clave jurídica pura. Es, ante todo, un movimiento político en un tablero que ya está en fase preelectoral. Y cuando el tablero se mueve, las piezas empiezan a hablar con golpes indirectos.
¿Por qué ahora? ¿Por qué después de más de cuatro años de gobierno? ¿Por qué rescatar una supuesta entrevista de campaña como si fuera una confesión penal tardía? La respuesta no está en los tribunales; está en el calendario político.
La política mexicana tiene una máxima no escrita: las denuncias públicas sin sustento sólido casi siempre son mensajes cifrados entre élites. No buscan necesariamente ganar en tribunales, sino posicionar narrativas, contaminar reputaciones, sembrar dudas, habilitar candidaturas, desactivar proyectos.
Y en Sinaloa, donde el poder siempre ha sido una ecuación entre política, territorio y percepción, las narrativas pesan tanto como los hechos.
Rocha Moya no es un improvisado del sistema. Es un político formado en la izquierda, pero moldeado en la institucionalidad. Su biografía pública ha sido la de un académico-político que construyó carrera sin los escándalos clásicos del poder sinaloense. Su círculo cercano, familiar y político ha sido, hasta ahora, un muro de cohesión que no ha mostrado grietas evidentes de complicidades oscuras. En política, eso no es menor.
Quien tiene vínculos con estructuras criminales, tarde o temprano deja rastros: fotos, operadores, financiamientos, intermediarios, silencios inexplicables. En este caso, lo que se observa es otra cosa: una guerra de redes, una narrativa impulsada por opositores, una denuncia que parece más diseñada para titulares que para carpetas de investigación robustas.
¿Dónde está el Congreso? ¿Dónde está el partido? ¿Dónde están los cuadros que deberían cerrar filas cuando el jefe del Ejecutivo estatal es atacado con una narrativa de alto voltaje? La prudencia política es una virtud cuando se administra, pero es una debilidad cuando se convierte en parálisis.
El silencio no siempre es elegancia. A veces es vacío de liderazgo. Porque en política, el vacío se llena: con especulación, con rumor, con narrativa adversaria. Y mientras los operadores se distraen en aspiraciones personales, el gobernador queda expuesto a la erosión simbólica. No porque sea culpable, sino porque la percepción es un campo de batalla que no tolera espacios vacíos.
GOTITAS DE AGUA:
La violencia, paradójicamente, ha sido uno de los terrenos donde el gobierno estatal ha mostrado más determinación, con avances que generan expectativas sociales. La sociedad quiere paz, pero también quiere claridad política. Y cuando la claridad no llega, la sospecha ocupa su lugar.
En Sinaloa, el verdadero juicio no siempre se da en tribunales. Se da en la arena de la percepción pública y en los cálculos de quienes ya piensan en la próxima gubernatura. Y en esa arena, el gobernador no está solo… pero tampoco puede permitirse estar callado. “Si cierran la puerta, apaguen la luz”. “Nos vemos el lunes”…
