Por. – Benjamín Bojórquez Olea.
“El Capy” Rivera eligió el sudor y no la saliva
En Angostura se ha confundido la política con el espectáculo. Aquí se premia al que habla bonito y se castiga al que trabaja en silencio. Por eso, cuando Alberto “El Capy” Rivera decidió gobernar con sudor y no con saliva, comenzaron los gritos.
Gobernar duele. Duele a los que estaban cómodos con el abandono. Duele a los que vivían del desorden. Duele a los que confunden el municipio con una herencia familiar. Cuando alguien empieza a limpiar, a gestionar, a corregir décadas de anomalías, inevitablemente pisa callos. Y esos callos gritan.
Pero la demagogia es más rentable que la verdad. Criticar sin propuestas es fácil. Construir sin aplausos, no tanto. Karl Kraus lo explicó con brutalidad: el agitador se adapta a la estupidez de quienes escuchan. Y en la política local, la estupidez organizada hace más ruido que la razón.
Ahora bien, tampoco se trata de idealizar. El Capy Rivera no puede gobernar solo. Un alcalde itinerante sin un equipo sólido es un gobierno vulnerable. Angostura necesita una administración que funcione incluso cuando el alcalde no está en la calle o en sus oficinas, supervisando obras o atendiendo problemas. La institucionalidad no puede depender de una sola persona.
La política no es una guerra que se gane destruyendo al otro, sino un conflicto que se administra con inteligencia. Cada batalla política sin resultados concretos es tiempo perdido. Y Angostura ya perdió demasiado tiempo con gobiernos sin visión.
La política municipal es, quizá, el ejercicio más crudo del poder. Allí no existen discursos abstractos ni grandes teorías: hay calles, drenajes, alumbrado, basura, agua potable y ciudadanía inconforme. En ese terreno, el alcalde de Angostura, Alberto “El Capy” Rivera, ha optado por una ruta que suele generar resistencia: la de los resultados tangibles por encima del aplauso inmediato.
Toda administración que rompe inercias enfrenta oposición. No necesariamente ideológica, sino estructural. Los municipios, como los sistemas políticos, desarrollan mecanismos de defensa cuando alguien altera la comodidad del statu quo. En ese contexto, la crítica sin argumento, la descalificación sin propuesta y la caricaturización del adversario sustituyen al debate público.
Sin embargo, también es cierto que el liderazgo personal no sustituye la institucionalidad. Un alcalde activo en territorio requiere un equipo capaz de atender demandas, procesar conflictos y mantener la operación cotidiana del gobierno. La construcción de gobernabilidad no depende solo del liderazgo, sino de la arquitectura administrativa que lo sostiene.
GOTITAS DE AGUA:
Angostura enfrenta un dilema que trasciende a cualquier actor político: persistir en la confrontación estéril o avanzar hacia un pacto social mínimo que permita consolidar políticas públicas sostenibles. La política entendida como guerra permanente termina agotando a la sociedad y debilitando a las instituciones.
La pregunta que subyace es si el municipio está dispuesto a asumir que el cambio implica fricción, o si preferirá la estabilidad del abandono. Gobernar implica pisar callos; lo relevante es si esos callos representan privilegios o resistencias legítimas. En esa tensión se juega el futuro de Angostura. “Si cierran la puerta, apaguen la luz”. “Nos vemos mañana”…
