Por. – Benjamín Bojórquez Olea.
La jugada silenciosa de Claudia Sheinbaum
Sin duda, lo que parece torpeza muchas veces es estrategia. Y lo que algunos llaman fracaso prematuro, puede ser en realidad una jugada calculada con precisión quirúrgica. La llamada Reforma Electoral de Claudia Sheinbaum Pardo ha sido presentada por muchos analistas como una misión imposible, una iniciativa condenada a morir antes de llegar a puerto. Pero la política, como el ajedrez, no se juega mirando una sola jugada: se juega anticipando el tablero completo.
A simple vista, la reforma parece un barco construido para hundirse. Propone austeridad electoral, menos dinero público para los partidos, menos poder para las dirigencias partidistas y un Congreso más compacto y eficiente. En otras palabras: menos privilegios para la partidocracia. El problema es evidente. Para aprobarla, Movimiento Regeneración Nacional necesita los votos de sus aliados, el Partido Verde Ecologista de México y el Partido del Trabajo.
Y la reforma, justamente, les quita lo que más defienden: dinero público y posiciones plurinominales. Es como pedirle al tigre que firme voluntariamente su propia jaula. Por eso algunos ya la llaman “la reforma muerta”. Pero hay algo que no cuadra en ese diagnóstico. Ningún arquitecto político construye una iniciativa de esta magnitud sin calcular sus consecuencias. Y Claudia Sheinbaum no es una improvisada. Detrás de este aparente suicidio legislativo podría esconderse una maniobra política mucho más profunda. La presidenta parece estar jugando a algo más que ganar una votación.
Al empujar una reforma que incomoda incluso a sus propios aliados, Sheinbaum los está colocando frente a un espejo incómodo: el de la opinión pública. Los está obligando a mostrar el cobre. El mensaje implícito es brutalmente claro: si bloquean la reforma, quedará expuesto que prefieren sus privilegios antes que cualquier discurso de cambio.
Pero la jugada no termina ahí. La verdadera apuesta parece ser romper la dependencia crónica que el gobierno federal ha tenido durante años con partidos satélite. Durante décadas, las coaliciones electorales se convirtieron en una especie de mercado político donde los aliados vendían caro su amor: distritos, candidaturas, posiciones y recursos. Un sistema de intercambio que muchas veces diluyó la identidad ideológica del movimiento que hoy gobierna.
Sheinbaum parece querer cambiar las reglas del juego. Aunque eso implique asumir riesgos. Porque la apuesta es clara: si el PVEM y el PT ya no pueden garantizar posiciones para sus cuadros a través de la negociación electoral, muchos de esos cuadros terminarán migrando directamente a Morena por simple instinto de supervivencia política. El cálculo es frío, pero eficaz. En política, los espacios de poder funcionan como gravedad: siempre terminan atrayendo a quienes buscan mantenerse en órbita.
Y entonces, lo que hoy parece una derrota legislativa podría convertirse mañana en una consolidación política. Claro, el movimiento no está exento de riesgos. El costo de las alianzas puede significar perder una o dos gubernaturas en el camino. También podría abrir grietas en la mayoría legislativa. Pero la recompensa potencial es enorme: liberarse de una relación incómoda con partidos que durante años han funcionado más como socios pragmáticos que como aliados ideológicos.
En el fondo, esta reforma podría no ser solo una reforma electoral. Podría ser un mensaje estratégico hacia el interior del propio sistema político: Morena quiere dejar de ser rehén de los partidos satélite.
GOTITAS DE AGUA:
La pregunta, sin embargo, sigue flotando en el aire político como una incógnita cargada de pólvora: ¿estamos frente a una jugada maestra de Claudia Sheinbaum para reconfigurar el poder dentro de la llamada Cuarta Transformación… o ante un cálculo fallido que podría fracturar la mayoría en el Congreso? “Si cierran la puerta, apaguen la luz”. “Nos vemos mañana”…
