Por. – Benjamín Bojórquez Olea.
El incendio que Imelda no quiere ver
En la antesala de cualquier proyecto de poder serio, hay una regla no escrita pero implacable: dime con quién te rodeas y te diré qué tipo de gobierno pretendes construir. En el caso de la senadora morenista Imelda Castro Castro, esa regla hoy no es una advertencia menor, sino una señal de alarma encendida.
Lo que está en juego no es únicamente una candidatura, sino la credibilidad de un eventual gobierno en Sinaloa. Y ahí es donde la figura de personajes como Serapio Vargas Ramírez irrumpe no como anécdota pintoresca, sino como síntoma preocupante. El activismo llevado al extremo del espectáculo — imagínense realizando protestas desnudo en plena avenida Obregón de la capital de Culiacán, hasta actos de presión que rayan en lo absurdo— o bien encadenándose para liberar a un reo de algún reclusorio, no construye causas, las trivializa. Convierte luchas legítimas en circo mediático. Y un gobierno no puede darse el lujo de parecer un circo. Eso raya en lo absurdo.
Peor aún es el caso de Pedro Alonso Villegas Lobo, un legislador cuya trayectoria legislativa no se ha distinguido precisamente por méritos sólidos, sino por una cadena de señalamientos y errores graves, como abuso de poder y acusaciones públicas que lo señalan por haber utilizado el congreso como motel, imagínense a este angelito en un cargo de primer nivel en palacio de gobierno, convertiría las oficinas gubernamentales en moteles de paso. Por lo tanto, en cualquier democracia funcional, serían suficientes para marcar distancia inmediata. Cuando el poder se convierte en refugio de perfiles cuestionados, deja de ser herramienta pública y empieza a parecer un botín privado. Y eso, en un estado como Sinaloa, no es un detalle menor: es dinamita política.
El problema de fondo no es que existan personajes polémicos —la política siempre los ha tenido—, sino que encuentren cobijo, validación y cercanía en un proyecto que aspira a gobernar. Porque entonces la pregunta inevitable surge: ¿es descuido, complicidad o cálculo?
Si Morena pretende sostener su narrativa de transformación y buena imagen, no puede permitirse normalizar perfiles de mala reputación, que dividen, desgastan y envían un mensaje de ingobernabilidad. Y si Imelda Castro busca seriamente la gubernatura, necesita entender algo con crudeza: no basta con el discurso, importa —y mucho— la calidad de quienes caminan a su lado.
Porque gobernar no es resistir escándalos, es evitarlos. No es justificar excesos, es contenerlos. No es rodearse de leales a cualquier costo, sino de perfiles que sumen legitimidad, capacidad, imagen y estabilidad.
Hoy, la senadora está a tiempo de tomar decisiones incómodas pero necesarias. De lo contrario, el mensaje que se envía es devastador: que el proyecto no tiene filtros, que el poder se negocia con quien sea y que la estabilidad institucional puede quedar en manos de quienes confunden la política con el espectáculo o, peor, con el abuso.
GOTITAS DE AGUA:
Sinaloa no necesita más incertidumbre disfrazada de activismo, ni improvisación envuelta en lealtades cuestionables. Necesita claridad, firmeza y, sobre todo, criterio.
La pregunta no es si estos personajes le restan a Imelda Castro. Eso ya es evidente. La verdadera pregunta es si ella está dispuesta a asumir el costo de mantenerlos cerca. Porque en política, las compañías no solo acompañan: definen. “Si cierran la puerta, apaguen la luz”. “Nos vemos mañana”…
