Por. – Benjamín Bojórquez Olea.
Carta dirigida a la comunidad lince
Mientras la tripulación se hunde, el capitán araña del sindicato de la UAdeO, Raúl Portillo Molina, huye sin explicación alguna. Hay momentos en que una organización deja de ser un instrumento colectivo y se convierte en su contrario: una estructura que devora a quienes debería proteger. Lo que hoy ocurre en el Sindicato de Trabajadores Académicos y Administrativos de la Universidad Autónoma de Occidente no es simplemente una crisis administrativa ni un conflicto interno más; es la evidencia de una degradación institucional que ha mutado hacia prácticas propias de una pequeña dictadura sindical.
El término no es exagerado. Cuando las decisiones se toman al margen de la base, cuando los procesos se manipulan desde la opacidad y cuando la rendición de cuentas se sustituye por la simulación, ya no estamos ante un sindicato: estamos frente a un aparato de control. Uno que, además, parece haber encontrado en la dilación judicial su mejor aliado.
Cinco audiencias pospuestas en un caso de fraude millonario por la nada y despreciable cantidad de 5.3 millones de pesos del Fondo de Vivienda no son casualidad, son estrategia. La enfermedad oportuna, las ausencias convenientes, los permisos calculados por parte del ex secretario de finanzas del sindicato y compadre de Raúl Portillo, Juan Carlos López Jiménez: todo forma parte de un guión conocido en la política mexicana, donde el tiempo no es justicia, sino refugio. Mientras tanto, el mensaje para la base trabajadora es brutalmente claro: la ley es flexible para los poderosos, pero inflexible para quienes dependen de un préstamo para atender una urgencia médica o reparar su vida cotidiana.
La indignación crece no solo por el desfalco millonario, sino por la selectividad moral del sistema. Cuando se trató de otorgar recursos a quien ya no tenía legitimidad para solicitarlos, no hubo trabas administrativas ni escrúpulos legales en pleno proceso electoral sindical, ¿o me equivoco señor Raúl Portillo Molina? Hoy, en cambio, decenas de docentes enfrentan un muro burocrático que les niega lo que por derecho les corresponde. Esa doble vara no es torpeza: es abuso.
Pero quizá lo más alarmante no es el fraude en sí, ni siquiera la impunidad que lo rodea, sino la normalización del atropello. El sindicato ha dejado de ser un espacio de defensa laboral para convertirse en un terreno donde se negocian silencios, se compran tiempos y se administra la desesperación. Y en ese proceso, la base trabajadora ha sido relegada a un papel decorativo, útil sólo en tiempos electorales.
La ausencia de negociación salarial en un momento clave del calendario laboral es otro síntoma de esta descomposición. No hay interlocución, no hay liderazgo, no hay rumbo. Lo que hay es un vacío funcional que perjudica directamente a quienes sostienen la vida académica y administrativa de la universidad. Un sindicato sin capacidad de negociación no es débil: es funcional a los intereses que debería confrontar.
Y entonces surge la pregunta incómoda: ¿hasta cuándo? ¿Hasta cuándo la comunidad universitaria seguirá tolerando que su representación sea capturada por intereses ajenos? ¿Hasta cuándo la indignación se quedará en el murmullo y no dará paso a la organización?
Porque si algo ha quedado claro es que esta crisis no se resolverá desde arriba. Las estructuras que hoy controlan el sindicato no tienen incentivos para cambiar; al contrario, prosperan en la opacidad. La transformación, si llega, tendrá que venir desde abajo: desde una base que deje de ser espectadora y asuma su papel como sujeto político.
GOTITAS DE AGUA:
No se trata solo de recuperar un sindicato. Se trata de recuperar la dignidad laboral, la transparencia y el sentido mismo de lo colectivo. Porque cuando un sindicato se convierte en botín, lo que está en juego no es solo dinero: es la confianza, la justicia y el futuro de toda una comunidad lince. “Si cierran la puerta, apaguen la luz”. “Nos vemos mañana”…
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