Por. – Benjamín Bojórquez Olea.
El incendio sindical que Raúl Portillo Molina no pudo ocultar bajo la sombra del mapache Marco César Ojeda
Lo que tanto temían la planilla Roja y Raúl Portillo Molina: por fin el día de ayer se emitió la convocatoria del nuevo proceso de elección sindical. Me explico.
Hay procesos políticos que se ganan con votos. Y hay otros que se fabrican con miedo, trampas y abuso de poder. Lo ocurrido en la reciente elección sindical del Sindicato Único de Trabajadores Académicos y Administrativos de la Universidad Autónoma de Occidente no fue una contienda democrática: fue el retrato más vergonzoso de una camarilla empeñada en conservar privilegios a cualquier costo. Y en el centro de esa maquinaria aparece, una vez más, el mismo nombre: Raúl Portillo Molina.
Lo primero que indigna no es la trampa. Lamentablemente, muchos procesos políticos ya cargan con esa sospecha. Lo verdaderamente insultante es la desfachatez. La absoluta falta de vergüenza con la que la llamada planilla roja convirtió una elección sindical en una operación de control político, clientelismo y manipulación institucional.
¿Y por qué intervendrá el Centro Laboral Federal en un nuevo proceso de elección interna? Desde el origen, el proceso nació podrido. Un reglamento electoral redactado “en lo oscurito”, sin participación real de todas las delegaciones, diseñado únicamente entre aliados y operadores afines. Después, una comisión electoral hecha a modo: amigos, incondicionales y operadores políticos disfrazados de árbitros. El mensaje era claro desde el principio: no querían competencia; querían obediencia.
Y cuando un grupo necesita controlar hasta las reglas del juego para mantenerse en el poder, lo que demuestra no es fuerza, sino miedo. Miedo a perder. Miedo a la base. Miedo a la democracia.
La convocatoria electoral fue otro monumento al cinismo. Publicada apenas unos días antes del vencimiento legal de la toma de nota, con tiempos absurdos y condiciones desiguales, especialmente contra Mazatlán, donde casualmente se concentraba una oposición fuerte. Mientras algunas unidades tenían cinco horas para votar, a Mazatlán le recortaron el tiempo aun teniendo que integrar extensiones como El Rosario y Escuinapa. No fue un error administrativo: fue una operación calculada.
Después vino el derroche obsceno. Música, comida, souvenirs, movilización, préstamos y recursos fluyendo como si el sindicato hubiera ganado la lotería. La pregunta es contundente: ¿de dónde salió el dinero? Porque los trabajadores saben perfectamente que las campañas sindicales no se financian solas. Y cuando aparecen recursos excesivos en manos de un grupo enquistado en el poder, la sospecha se vuelve casi una certeza.
La caja de ahorros del sindicato apareció entonces como lo que muchos denunciaban desde hace tiempo: una herramienta de presión política. Préstamos condicionados. Favores a cambio de votos. Amenazas veladas. Promesas de beneficios y nombramientos. Operadores recorriendo unidades presionando a maestros y administrativos. Todo bajo la sombra de un aparato sindical convertido en estructura de coacción.
Lo más grotesco fue observar cómo personajes sin facultades sindicales seguían actuando como dueños del sindicato. Ahí estaba otra vez Carlos Leal, repartiendo préstamos y operando políticamente aun después de haber renunciado. Ahí estaba también la maquinaria roja moviéndose como si las instituciones fueran propiedad privada.
Y mientras eso ocurría, el padrón electoral dejó fuera a más de 200 trabajadores recién admitidos. Las boletas aparecieron foliadas —un atentado directo al voto libre— y decenas de personas fueron impedidas de votar porque “no estaban en el padrón”. Una elección hecha para excluir, no para representar.
Pero el episodio más vergonzoso llegó cuando la planilla verde comenzó a crecer políticamente. Entonces apareció la jugada desesperada: expulsar a la oposición del proceso electoral mediante una acusación ridícula y oportunista relacionada con una comida ocurrida meses antes. Lo escandaloso no fue solo la acusación; fue la velocidad con la que las operadoras rojas ya tenían listas las copias del documento antes incluso de que los acusados fueran notificados oficialmente. La sentencia ya estaba escrita. La comisión electoral no investigó: obedeció. Y ahí quedó desnudo el verdadero rostro del proceso. No era una elección. Era una simulación.
La escena posterior fue todavía más patética: urnas improvisadas en escalones, votaciones caóticas, instalaciones cerradas por fumigación que nadie notificó, videos nocturnos proclamando triunfos sin claridad jurídica ni legitimidad moral. Un espectáculo tercermundista encabezado por quienes se dicen defensores de la legalidad sindical.
Lo más demoledor vino después: el propio centro laboral terminó reconociendo, de facto, que el proceso era insostenible. Videollamadas, negociaciones improvisadas, intentos de entregar tomas de nota temporales y finalmente la aceptación de repetir toda la elección. Es decir: hasta las autoridades entendieron lo evidente. Que aquello fue un desastre. Que aquello no resistía legalmente. Que aquello olía demasiado mal. Y aun así, los responsables siguen actuando con arrogancia desmedida.
Ese es el problema de fondo con ciertos liderazgos sindicales: dejan de sentirse representantes y comienzan a asumirse propietarios. Confunden dirigencia con cacicazgo. Creen que las bases existen para servirles, no para ser representadas.
Por eso lo ocurrido trasciende una simple disputa entre planillas. Lo que está en juego es algo mucho más profundo: la dignidad de los trabajadores frente a una estructura acostumbrada a operar con impunidad.
Porque cuando un grupo manipula reglamentos, controla árbitros, condiciona beneficios, excluye votantes, improvisa elecciones y luego intenta legitimarse con discursos de “unidad”, ya no estamos hablando de política sindical. Estamos hablando de corrupción del poder.
GOTITAS DE AGUA:
Y quizá lo más irónico de todo es que la planilla roja terminó demostrando exactamente aquello que intentaba ocultar: que sin presión, sin aparato y sin maniobras, no tiene la confianza plena de la base trabajadora. Por eso necesitaron controlar todo. Porque nunca estuvieron seguros de poder ganar limpiamente.
Por tal motivo, el Centro Laboral Federal notificó por videollamada que se repetiría nuevamente todo el proceso electoral, peor aún, que ellos serán quienes reemplazarían a la comisión electoral, dejando la evidencia, de que la elección no cumple con los requisitos de legalidad de un proceso amañado por el propio rufián investigado y denunciado por el desfalco millonario de los 5.3 millones de pesos del fondo de vivienda, Raúl Portillo Molina, y que hasta el momento no ha justificado ese recurso que le pertenece a toda la base trabajadora de la comunidad lince.
“Si cierran la puerta, apaguen la luz”.
“Nos vemos mañana”…
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