SOBRE EL CAMINO

Por. – Benjamín Bojórquez Olea.

Morena: el arte de perder territorio

De acuerdo a las recientes declaraciones de la dirigente nacional de Morena y las declaraciones del líder estatal de Morena en Sinaloa, existe una contradicción digna de analizar: Morena no enfrenta en Sinaloa un problema de popularidad. En realidad, enfrenta algo mucho más peligroso: la soberbia de creer que ganar una elección equivale a construir poder político duradero. Y esa confusión puede costarle un pedazo del territorio sinaloense al partido guinda el 2027.

Porque mientras en el centro del país se insiste en la narrativa de que la marca Morena basta por sí sola para arrasar electoralmente, en Sinaloa la realidad es mucho más compleja, más territorial y más cruel. Aquí no gana únicamente quien tiene más espectaculares, más conferencias o más discursos ideológicos. Aquí gana quien conoce el mapa humano del estado, quien entiende los códigos de la sierra, las fracturas urbanas, los liderazgos regionales y la mecánica silenciosa de la operación política.

Morena hoy parece atrapado en un fenómeno peligrosísimo: creer que la movilización digital sustituye a la estructura territorial. Y no. Nunca lo ha hecho. Menos en Sinaloa.

Los sondeos empiezan a revelar algo que en privado muchos morenistas ya reconocen: las principales ciudades del estado están desorganizadas políticamente. No existe cohesión operativa, no hay una narrativa uniforme y los grupos internos están más concentrados en disputarse candidaturas que en construir gobernabilidad electoral. Mientras tanto, diversos sectores sociales, económicos y políticos comienzan a reorganizarse fuera del control del partido guinda.

Eso tiene una consecuencia inmediata: si Morena no recompone su maquinaria política, Sinaloa puede convertirse en una auténtica capirotada ideológica, con municipios fragmentados, gobiernos locales desconectados entre sí y una pérdida gradual del control territorial.

Y aquí es donde aparece un tema incómodo para ciertos sectores del morenismo: la necesidad urgente de operadores políticos reales.

Porque se puede romantizar la política todo lo que se quiera, pero las elecciones no se ganan con buenos deseos ni con hashtags. Se ganan con estructura, negociación, movilización, acuerdos y control político. Exactamente lo que muchos cuadros improvisados del partido jamás aprendieron a hacer.

Morena necesita operadores que entiendan el norte, centro y sur de Sinaloa como ecosistemas políticos distintos. Necesita gente que sepa apagar incendios antes de que se conviertan en crisis electorales. Necesita perfiles con “mano izquierda”, con capacidad de cabildeo y, sobre todo, con autoridad territorial.

Ahí es donde nombres como Marco Antonio Osuna Moreno, Feliciano Valle Sandoval, Leobardo López Montoya, Ambrocio Chávez Chávez, Alejandro «el Diablo» Higuera, Feliciano Castro Melendrez o Jorge Aris Piña empiezan a tomar relevancia dentro de la conversación política. A este tipo de personajes no menos importantes deberían voltear a ver los altos mandos políticos del oficialismo guinda en Sinaloa.

No porque sean figuras perfectas. No porque representen pureza ideológica. Sino porque entienden algo que muchos dirigentes actuales olvidaron: la política no se improvisa.

En Morena parece existir un extraño desprecio hacia la experiencia política tradicional, como si operar, negociar o construir acuerdos fuera sinónimo de corrupción automática. Ese infantilismo político puede terminar siendo devastador. Gobernar un estado no es administrar una asamblea universitaria. Requiere disciplina, estrategia, lectura territorial y operadores capaces de sostener el poder incluso en momentos de desgaste.

Sinaloa hoy vive una etapa delicadísima. La tensión social, la incertidumbre económica, la violencia focalizada y la fragmentación política exigen un nivel de operación quirúrgica. Y la pregunta de fondo es brutalmente simple:

¿Morena tiene hoy en Sinaloa cuadros capaces de sostener electoralmente el proyecto cuando el efecto presidencial ya no sea suficiente?

Porque el verdadero problema para el partido guinda no es la oposición. La oposición sigue dispersa, sin narrativa y sin liderazgo sólido. El problema real de Morena es Morena mismo: sus divisiones, su soberbia interna y la alarmante ausencia de operadores con capacidad de cohesión.

La política sinaloense está entrando en una etapa donde la lealtad ideológica valdrá menos que la eficacia territorial. Y si el partido en el poder sigue privilegiando cuotas, improvisaciones y perfiles mediáticos sobre estructuras reales, podría descubrir demasiado tarde que ganar el gobierno no garantiza conservar el estado.

GOTITAS DE AGUA:

El 2027 no se va a decidir en las conferencias de prensa ni en las redes sociales. Se va a decidir en las colonias populares de Culiacán, en los liderazgos agrícolas del norte de Los Mochis y Guasave, en las estructuras urbanas empresariales de Mazatlán, en la operación silenciosa de la sierra y en la capacidad de construir acuerdos donde hoy sólo existen grupos enfrentados.

Morena todavía tiene tiempo. Pero el reloj político ya empezó a correr. “Si cierran la puerta, apaguen la luz”. “Nos vemos mañana”…

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