Por. – Benjamín Bojórquez Olea.
Que no hable López Obrador
Hay una pregunta incómoda que rara vez nos atrevemos a formularnos con honestidad: ¿por qué nos cuesta tanto aceptar que el líder al que admiramos puede estar equivocado?
No hablo solamente de Andrés Manuel López Obrador. Hablo de un fenómeno más profundo. Hablo de nosotros.
Porque llega un momento en que la política deja de ser una discusión sobre gobiernos, presupuestos, instituciones o resultados. Se convierte en algo mucho más íntimo: una conversación silenciosa con nuestras propias heridas.
Quizá por eso las críticas a ciertos líderes generan reacciones que parecen desproporcionadas. No provocan desacuerdos; provocan dolor. No se perciben como cuestionamientos a una administración pública, sino como ataques personales. Como si alguien hubiera irrumpido en una habitación privada de nuestra conciencia.
El gran talento político de López Obrador no fue únicamente electoral. Fue emocional. Entendió algo que buena parte de la clase política jamás comprendió: detrás de los indicadores económicos, de las estadísticas y de los discursos tecnocráticos existía un país agotado. Un México lleno de agravios, frustraciones, desigualdades y desencantos acumulados durante décadas.
Mientras otros hablaban de eficiencia, él habló de dignidad. Mientras otros ofrecían diagnósticos, él ofreció reconocimiento. Mientras otros explicaban por qué las cosas eran difíciles, él les dijo a millones de personas que su sufrimiento tenía una causa identificable.
Y ahí reside la fuerza de su narrativa. Porque pocas cosas resultan tan poderosas como liberar a alguien de la culpa de sus propios fracasos.
Cuando un líder consigue convencer a una sociedad de que todos sus problemas provienen exclusivamente de enemigos externos —las élites, los conservadores, los neoliberales, los adversarios, el pasado— ocurre algo extraordinario: la frustración deja de ser una experiencia personal y se transforma en identidad política.
La impotencia encuentra un lenguaje. El resentimiento encuentra una bandera. Y la decepción encuentra un responsable.
Desde luego, sería intelectualmente deshonesto afirmar que esos agravios no existían. Existían. Muchos siguen existiendo. La desigualdad, la corrupción y el abandono de amplios sectores sociales fueron reales y documentables.
Pero también es cierto que una democracia madura exige algo más que identificar culpables. Exige asumir responsabilidades. Y ahí aparece el dilema más complejo. Porque cuando una causa política se convierte en refugio emocional, toda crítica amenaza con derrumbar algo más grande que una preferencia electoral. Amenaza una explicación completa del mundo.
Aceptar que un líder puede mentir, manipular o equivocarse implica aceptar que nosotros también pudimos equivocarnos al depositar en él expectativas desmedidas.
Aceptar que un gobierno fracasa en ciertos aspectos obliga a reconocer que ningún proyecto político puede sustituir el esfuerzo individual, la responsabilidad ciudadana o la complejidad de la realidad.
Y eso duele. Duele porque nos enfrenta con una verdad que atraviesa a todas las ideologías: ningún líder está capacitado para resolver los vacíos existenciales de una sociedad.
Ni López Obrador. Ni sus adversarios. Ni los que vinieron antes. Ni los que vendrán después. El problema comienza cuando dejamos de ver políticos y empezamos a ver salvadores. Cuando la lealtad sustituye al pensamiento. Cuando la identidad reemplaza al juicio. Cuando el aplauso se vuelve más importante que la evidencia.
En ese punto, la política deja de ser una herramienta democrática y se convierte en una dependencia emocional.
Quizá la verdadera autocrítica que México necesita no consiste en preguntarnos si AMLO tuvo razón o no. Tampoco en decidir si sus seguidores estaban equivocados o si sus detractores eran más lúcidos.
GOTITAS DE AGUA:
La pregunta verdaderamente incómoda es otra: ¿Qué parte de nosotros necesitaba creer que alguien podía cargar con todas nuestras frustraciones?
Porque tal vez el problema nunca fue solamente un presidente. Tal vez el problema es la facilidad con la que convertimos nuestras carencias emocionales en certezas políticas. Y quizá la madurez democrática comienza exactamente ahí: cuando dejamos de buscar redentores y empezamos a asumir la difícil responsabilidad de pensar por cuenta propia.
Por eso, cuando Andrés Manuel López Obrador habla genera una crisis emocional que se viraliza e irrumpe un estruendo social que impacta a todas las élites políticas del país. Si cierran la puerta, apaguen la luz. Nos vemos mañana…
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