SOBRE EL CAMINO

Por. – Benjamín Bojórquez Olea.

Sinaloa no necesita héroes; necesita interlocutores 

Hay una característica que define a la política sinaloense contemporánea: la sociedad ya no se conforma con discursos. Sinaloa se ha convertido en un estado que exige resultados tangibles, interlocución permanente y, sobre todo, certidumbre. 

En ese contexto, el reciente diálogo entre autoridades federales, actores sociales y sectores económicos en torno al conflicto derivado de la instalación de la planta de GPO en Ahome obliga a una reflexión más profunda sobre el papel de quienes logran tender puentes en medio de la polarización.

Porque más allá de simpatías partidistas, la política sigue teniendo una función esencial: abrir puertas que otros encuentran cerradas. 

Es ahí donde la figura del diputado federal Mario Zamora ha cobrado relevancia. No necesariamente porque tenga la solución definitiva a los problemas estructurales de Sinaloa, sino porque ha insistido durante años en una herramienta que parece escasa en la política moderna: el diálogo.

La realidad sinaloense es compleja. Un estado agrícola que enfrenta incertidumbre hídrica; una economía que busca diversificarse sin perder su vocación productiva; una sociedad que demanda inversión, pero también garantías ambientales y sociales. En ese escenario, cualquier proyecto de gran escala inevitablemente genera tensiones. 

El caso de GPO es un ejemplo de ello. Durante años, el conflicto se alimentó de posiciones irreconciliables, desconfianzas mutuas y una ausencia evidente de comunicación efectiva entre las partes involucradas. La consecuencia fue la prolongación de un problema que afectó tanto la percepción de inversión como la estabilidad social de la región. 

Sin embargo, sería simplista atribuir la apertura de las mesas de negociación a un solo actor. La política seria exige reconocer que los procesos de construcción de acuerdos son resultado de múltiples factores, presiones y voluntades. 

Lo que sí puede reconocerse es que Mario Zamora ha mantenido una presencia constante en temas estratégicos para Sinaloa. Desde el agua y el campo hasta la promoción de inversiones, su discurso ha girado alrededor de una idea central: que el estado necesita interlocutores capaces de conectar las demandas locales con las decisiones nacionales. 

La pregunta de fondo, sin embargo, va más allá de un nombre propio. ¿Está aprendiendo Sinaloa que la confrontación permanente tiene límites?

Porque durante demasiado tiempo la política estatal ha confundido firmeza con cerrazón. Se ha privilegiado la lógica de vencedores y vencidos cuando los grandes desafíos del estado exigen acuerdos duraderos. 

Los agricultores necesitan soluciones, no discursos. Los inversionistas requieren certeza jurídica, no conflictos interminables. Las comunidades demandan ser escuchadas antes de que los proyectos se impongan. Y los gobiernos necesitan entender que la legitimidad no se decreta; se construye. 

La lección más importante de este episodio no es que alguien haya logrado sentar a las partes en una mesa. La verdadera lección es que ninguna transformación relevante para Sinaloa será posible sin puentes de comunicación. 

La política sinaloense enfrenta hoy un reto histórico: abandonar la cultura del enfrentamiento y construir una cultura de negociación. No porque el consenso sea fácil, sino porque la realidad económica, social y productiva del estado ya no permite otra alternativa.

GOTITAS DE AGUA: 

Mario Zamora ha apostado públicamente por esa ruta. El tiempo dirá si esa estrategia produce resultados concretos. Pero en un Sinaloa marcado por la desconfianza, cualquier esfuerzo serio por abrir canales de comunicación merece atención. 

Porque al final, los ciudadanos no juzgarán quién habló más fuerte, sino quién logró que las cosas sucedieran. Y esa sigue siendo la medida más dura de la política. “Si cierran la puerta, apaguen la luz”. “Nos vemos mañana”…                                                           

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