Por. – Benjamín Bojórquez Olea.
La estética del poder
Hay una verdad incómoda escondida en una frase aparentemente trivial: si matas una cucaracha eres un héroe; si matas una mariposa eres un monstruo. La diferencia no está en el acto de matar. Está en el juicio que hacemos sobre aquello que muere.
La cucaracha y la mariposa son, desde una perspectiva biológica, dos formas de vida. Ambas cumplen funciones ecológicas. Ambas existen al margen de nuestras preferencias. Sin embargo, una despierta aplausos y la otra indignación. ¿Por qué? Porque la moral contemporánea no suele construirse sobre principios, sino sobre percepciones. Y la percepción está profundamente subordinada a la estética.
Vivimos en una época que presume sensibilidad moral mientras juzga el mundo con criterios visuales. Lo bello recibe compasión automática. Lo feo recibe una condena automática. No evaluamos la dignidad; evaluamos la apariencia. No analizamos la justicia; reaccionamos a la imagen.
La política ha entendido esta debilidad humana mejor que cualquier filósofo.
Las democracias modernas ya no se ganan necesariamente con ideas, programas o resultados. Se ganan con narrativas visuales. Un político atractivo es percibido como más competente. Un líder carismático parece más honesto. Una víctima fotogénica recibe más solidaridad que miles de víctimas invisibles. Un conflicto se vuelve moralmente urgente cuando produce imágenes impactantes para las redes sociales. La tragedia que no genera contenido visual simplemente desaparece del radar ético colectivo.
La estética se ha convertido en el tribunal supremo de la moral pública.
Por eso la opinión pública suele reaccionar con más fuerza ante la destrucción de una catedral que ante el colapso silencioso de una comunidad. Llora más por un animal emblemático que por seres humanos estadísticamente irrelevantes. Se moviliza más por un símbolo visual que por una injusticia estructural.
No es una exageración. Es una descripción del funcionamiento psicológico y político de nuestro tiempo.
Las redes sociales han radicalizado este fenómeno. Han creado una cultura donde la indignación compite por atención y donde la atención depende de la capacidad de producir impacto visual. La consecuencia es devastadora: la ética deja de ser una reflexión racional sobre el bien y el mal para convertirse en una respuesta emocional ante lo agradable o desagradable.
Se condena con ferocidad aquello que resulta visualmente perturbador, mientras se toleran formas de violencia mucho más profundas cuando se presentan bajo una apariencia elegante. Un discurso refinado puede encubrir el autoritarismo. Una campaña publicitaria impecable puede disfrazar la corrupción. Un lenguaje inclusivo puede coexistir con prácticas excluyentes. Una imagen cuidadosamente producida puede ocultar la más absoluta decadencia moral.
La historia política está llena de ejemplos donde la belleza estética sirvió como maquillaje de la barbarie. Los regímenes más oscuros comprendieron que la arquitectura monumental, los uniformes impecables, las ceremonias grandiosas y la propaganda visual podían seducir a sociedades enteras. La estética no fue un complemento del poder; fue una herramienta de dominación. Y, sin embargo, seguimos cayendo en la misma trampa.
La cucaracha y la mariposa son apenas una metáfora de algo mucho más profundo. Son el reflejo de una civilización que ha sustituido la filosofía por la imagen, la reflexión por la reacción y los principios por las percepciones.
Lo verdaderamente alarmante no es que sintamos más empatía por la mariposa que por la cucaracha. Lo alarmante es que hacemos exactamente lo mismo con los seres humanos.
GOTITAS DE AGUA:
La pregunta, entonces, no es qué sentimos por la cucaracha o por la mariposa.
La pregunta es mucho más inquietante: ¿cuántas veces hemos apoyado una causa porque era hermosa y cuántas veces hemos ignorado una injusticia porque era fea?
Tal vez la decadencia moral de nuestra época no consista en haber perdido la capacidad de distinguir entre el bien y el mal. Tal vez consista en algo más grave: haber reemplazado esa distinción por la diferencia entre lo que nos gusta mirar y lo que preferimos no ver.
Si cierran la puerta, apaguen la luz.
Nos vemos el lunes
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