Por. – Benjamín Bojórquez Olea.
Trece llaves para una misma puerta
La carrera por la gubernatura de Sinaloa ya comenzó. El registro de los aspirantes de Morena a la Coordinación Estatal de la Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional no fue un simple acto protocolario; fue el disparo de salida de la elección más importante que vivirá el estado en 2027. A partir de ahora veremos sonrisas, recorridos, fotografías con productores, reuniones con pescadores, encuentros con empresarios, vídeos emotivos y discursos llenos de esperanza. La política volverá a hacer lo que mejor sabe hacer: construir expectativas.
Pero Sinaloa necesita mucho más que expectativas. La verdadera pregunta no es quién tiene más espectaculares, quién reúne más gente o quién logra más publicaciones en redes sociales. La pregunta que los sinaloenses deberían hacerse es infinitamente más incómoda: ¿qué hicieron cuando tuvieron poder?
Porque prácticamente todos los aspirantes han ocupado cargos públicos. Han sido alcaldes, legisladores, secretarios, funcionarios federales o estatales, incluso nada. Han administrado presupuestos, aprobado leyes, tomado decisiones o formado parte del mismo grupo político que hoy vuelve a pedir la confianza ciudadana. Y ahí comienza el verdadero examen.
Hablar de Sinaloa hoy obliga, antes que cualquier otra cosa, a hablar de seguridad. Ningún discurso puede escapar de esa realidad. Durante los últimos años, miles de familias han aprendido a modificar sus horarios, cancelar viajes, cerrar negocios temprano o vivir con la incertidumbre permanente. La inseguridad dejó de ser un dato estadístico para convertirse en una forma de vida. Entonces resulta inevitable preguntarles a quienes hoy buscan gobernar: ¿qué hicieron desde sus responsabilidades para evitar que el estado llegara hasta aquí?
No basta decir que la seguridad es responsabilidad de un solo nivel de gobierno. La política también consiste en asumir responsabilidades compartidas. Quien hoy pide gobernar debe explicar cuál fue su aportación cuando formó parte del gobierno o del Congreso.
Lo mismo ocurre con el campo. Sinaloa continúa siendo una potencia agrícola, pero nunca había enfrentado una combinación tan compleja de sequía, incertidumbre comercial, altos costos de producción y menor rentabilidad. Los productores llevan años advirtiendo que el problema dejó de ser solamente climático para convertirse también en un problema de políticas públicas.
¿Quién defendió realmente al agricultor? ¿Quién impulsó soluciones para el almacenamiento de agua? ¿Quién gestionó recursos extraordinarios? ¿Quién encabezó una estrategia distinta?
Porque visitar un módulo de riego durante la campaña será sencillo; lo difícil era hacerlo cuando había decisiones que tomar.
La pesca tampoco puede seguir siendo utilizada únicamente como escenario para la fotografía política.
Los campos pesqueros viven entre vedas, bajos precios, falta de apoyos, escasa infraestructura y comunidades enteras cuya economía depende de una actividad que año con año enfrenta mayores dificultades. Sin embargo, pocas veces ese tema ocupa un lugar prioritario en la agenda pública.
Quien aspire a gobernar debería poder demostrar qué hizo para fortalecer ese sector y no limitarse a prometer que ahora sí llegará el apoyo.
La salud merece un capítulo aparte. Los sinaloenses no evalúan un sistema de salud por los discursos oficiales, sino por lo que viven cuando llegan a un hospital y descubren que falta un medicamento, un especialista o simplemente una cama disponible.
Gobernar no consiste en inaugurar edificios; consiste en garantizar que funcionen.
Y en educación ocurre exactamente lo mismo. Mientras los discursos hablan del futuro, miles de estudiantes siguen enfrentando escuelas con necesidades de infraestructura, problemas tecnológicos y enormes diferencias entre las zonas urbanas y rurales. La educación continúa siendo el único mecanismo capaz de romper ciclos de pobreza, pero rara vez ocupa el centro del debate político.
Quizá por eso esta elección representa una oportunidad distinta. No porque existan trece aspirantes. Tampoco porque Morena vuelva a decidir mediante encuestas internas quién encabezará el proyecto rumbo a 2027.
La oportunidad consiste en que, por primera vez en mucho tiempo, la ciudadanía deje de preguntar quién va ganando y empiece a preguntar qué resultados puede acreditar cada uno.
Porque una candidatura no puede construirse únicamente sobre lealtades políticas. Debe construirse sobre resultados. Y ahí es donde todos los aspirantes —sin excepción— tienen una enorme deuda con la sociedad: explicar qué hicieron cuando tuvieron la posibilidad de decidir.
GOTITAS DE AGUA:
Los ciudadanos ya conocen sus nombres. Ahora necesitan conocer sus resultados. Porque Sinaloa no necesita al mejor candidato para hacer campaña. Necesita al mejor gobernador para enfrentar probablemente el momento más complejo de su historia reciente.
La política suele premiar a quien sabe ganar elecciones. La sociedad debería empezar a premiar únicamente a quien sabe resolver problemas. Esa diferencia puede definir no sólo la elección de 2027. Puede definir el futuro mismo de Sinaloa.
Si cierran la puerta, apaguen la luz
Nos vemos mañana
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