DERECHO A LA INFORMACIÓN

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Por Lucio Ramírez Medina*

Ser Mujer: Impuesto Rosa, Brecha Salarial, y Costos Invisibles 

Ana Karen Galván Bueno, profesional en desarrollo de negocios y mercadotecnia, con experiencia en la creación de estrategias comerciales. Comprometida con los derechos humanos, la igualdad de género y la educación financiera con perspectiva de género. En esta ocasión se cuestiona: Por qué cuesta más ser mujer: impuesto rosa, brecha salarial y costos invisibles, y explica: 

Ser mujer cuesta más, y los números lo confirman. El impuesto rosa encarece productos básicos de higiene y salud; menstruar tiene un costo mensual que no desaparece; el transporte implica un gasto adicional porque la seguridad frente al acoso no debería ser un privilegio. A eso se suma el trabajo de cuidados no remunerado, que reduce las horas disponibles para generar ingresos, y las interrupciones laborales por maternidad, que afectan directamente el salario y la trayectoria profesional. Las mujeres ahorramos menos, accedemos a menos financiamiento si emprendemos y somos más vulnerables a la violencia económica. Lo que el sistema percibe como un lujo es, con frecuencia, una necesidad básica. El Estado exige que sostengamos la vida y la economía, pero abandona la construcción de un sistema de cuidados digno, ignora la menstruación y la menopausia como procesos reales y falla en garantizar vivienda y justicia para mujeres en situación de violencia. Callarlo nos ha salido demasiado caro. Nombrarlo es el primer paso para cambiarlo.

Ser mujer hoy —y a lo largo de la historia— ha sido económica y psicológicamente más caro en comparación con los hombres. Y no lo digo desde una narrativa victimizante, sino desde realidades tangibles, económicas y sociales. Y hablo desde la experiencia de una mujer cisgénero; si ampliamos la mirada hacia mujeres en contextos más vulnerables, los costos se multiplican.

De entrada, partimos de una desventaja: ganamos menos, enfrentamos más barreras y tenemos menos oportunidades. Pero a eso hay que sumarle una serie de costos adicionales que muchas veces pasan desapercibidos o se normalizan: el llamado impuesto rosa, que encarece productos básicos —muchos de ellos necesarios para nuestra higiene y salud—; el costo de menstruar, mes con mes; los gastos médicos de bolsillo, que suelen ser mayores; el dinero destinado al maquillaje, muchas veces ligado a estándares sociales más que a una elección libre. También pagamos más en transporte porque priorizamos sentirnos “seguras” frente al acoso en el transporte público. Y, además, cargamos con una mayor proporción de labores de cuidado y del hogar: trabajo no remunerado que se traduce en menos horas disponibles para generar ingresos.

A esto se suman otros factores que profundizan la desigualdad: maternar es caro, y las pausas laborales impactan directamente en nuestros ingresos y en nuestra trayectoria profesional. Debido a menores ingresos, interrupciones laborales y mayor presencia en la informalidad, las mujeres ahorramos menos. Somos más propensas a enfrentar violencia económica, lo que puede afectar nuestro patrimonio e incluso escalar a otras formas de violencia. Y, si decidimos emprender, nos encontramos con sesgos en el acceso al financiamiento: recibimos menos inversión.

Por todo esto, en el contexto capitalista en el que vivimos, simple y llanamente es más caro para nosotras existir. Pero claro, somos “exageradas” por nombrarlo. Por incomodar. Por reclamar espacios como propios y exigir soluciones que reduzcan estos costos que afectan directamente nuestra calidad de vida.

*Licenciado y Maestro en Periodismo    

lurame_3@hotmail.com                  @luciorm  

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