SOBRE EL CAMINO

Por. – Benjamín Bojórquez Olea.

La biografía que el odio no leyó

Hay momentos en la política en los que el ruido termina sustituyendo a la verdad. Y cuando eso ocurre, la razón deja de caminar para empezar a correr detrás de las emociones. Es entonces cuando la justicia deja de medirse por los códigos y comienza a pesarse en los tribunales de las redes sociales, donde la sentencia siempre llega antes que las pruebas y el linchamiento suele anteceder a la reflexión.

Durante meses, una parte de la derecha política y mediática ha construido una narrativa que encuentra en Rubén Rocha Moya el símbolo perfecto de todas sus inconformidades. Es legítimo cuestionar al poder; esa es la esencia de una democracia. Lo preocupante aparece cuando las conjeturas comienzan a ocupar el lugar de los hechos y la sospecha pretende convertirse en evidencia. La diferencia entre ambas no es un simple matiz jurídico; es el cimiento mismo del Estado de derecho.

Existe un dato que pocos desean escuchar porque rompe el libreto de la confrontación: jurídicamente, la licencia de un gobernador no significa la extinción de su mandato. Si el marco legal no establece un impedimento para su retorno, la posibilidad de que Rubén Rocha Moya reasuma el cargo permanece abierta. La ley no está diseñada para satisfacer filias ni fobias; existe precisamente para impedir que los sentimientos colectivos sustituyan a las normas.

Pero detrás del personaje político existe una “biografía que el odio no leyó” y que rara vez aparece en los titulares.

Antes del gobernador estuvo el niño que conoció las limitaciones. Antes del hombre de poder existió quien entendió demasiado pronto que la vida distribuye las oportunidades con una injusticia casi geológica. Mientras otros heredaban caminos pavimentados, él aprendía a caminar entre piedras. No eligió el lugar donde nació ni las carencias que marcaron su infancia. Como millones de mexicanos, descubrió que la pobreza no es una identidad, sino una circunstancia que exige una voluntad extraordinaria para ser vencida.

Quizá ahí reside una de las lecciones más profundas de la condición humana: nadie escoge el punto de partida, pero todos somos responsables del significado que damos a nuestro recorrido. El filósofo Viktor Frankl escribió que al ser humano pueden arrebatarle casi todo, excepto la libertad de decidir su actitud frente a las circunstancias. Esa parece haber sido, para bien o para mal, la ruta que eligió Rubén Rocha Moya.

Su historia nunca fue la de un hombre al que le regalaran los privilegios. Fue la de alguien que convirtió el rechazo en disciplina, la adversidad en combustible y la crítica en una forma de resistencia. Cada derrota le enseñó algo que el éxito jamás habría podido explicarle: que las cicatrices también son una forma de conocimiento.

Por eso resulta insuficiente reducir toda una trayectoria a los meses más turbulentos de una administración. Los gobernantes deben responder por sus decisiones, sin duda. Deben ser señalados cuando se equivocan y reconocidos cuando aciertan. Pero también debemos cuidarnos de esa peligrosa costumbre de borrar la complejidad humana para fabricar villanos absolutos. La historia enseña que las sociedades que sustituyen el análisis por la condena terminan perdiendo la capacidad de comprender.

Rubén Rocha Moya posee un estilo incómodo. Dice lo que piensa, incluso cuando sabe que sus palabras provocarán tormentas. Ese pragmatismo le ha ganado simpatías y también profundos antagonismos. Su forma de comunicar difícilmente deja espacios para la indiferencia. Sin embargo, disentir de un político nunca debería significar renunciar a observarlo con objetividad.

Ha cometido errores. Sería intelectualmente deshonesto negarlo. Ningún gobierno escapa a esa condición porque gobernar implica decidir entre alternativas imperfectas. Pero también sería un exceso convertir cada error en una condena perpetua o cada especulación en una verdad irreversible.

Hay una diferencia profunda entre la justicia y la venganza. La primera necesita pruebas; la segunda únicamente necesita enemigos.

Tal vez por eso conviene recordar que los pueblos no se engrandecen cuando celebran la destrucción de una persona, sino cuando son capaces de sostener sus instituciones incluso en medio del desacuerdo. Si la ley permite el regreso de Rubén Rocha Moya, será la ley —y no el estruendo de las pasiones— la que habrá hablado.

GOTITAS DE AGUA:

La política es pasajera, el poder es transitorio y las campañas de desprestigio terminan desvaneciéndose con el tiempo. Lo único que permanece es la memoria colectiva de cómo fuimos capaces de tratar a quienes pensaban distinto.

Y quizá esa sea la reflexión más incómoda de todas: una democracia comienza a perder su alma cuando deja de escuchar lo que dicta la ley para obedecer únicamente lo que gritan los prejuicios. “Si cierran la puerta, apaguen la luz”. “Nos vemos mañana”…_

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