Por. – Benjamín Bojórquez Olea.
La muñeca que quiere gobernar Nayarit
Tanto va el cántaro al agua, que termina por romperse.
Y en la política mexicana, cuando el cántaro se llama marketing electoral, el problema no es que se rompa: es que termina convertido en juguete.
La alcaldesa con licencia de Tepic, Geraldine Ponce Méndez, aspirante a encabezar el proyecto de Morena rumbo a la gubernatura de Nayarit, acaba de llevar la mercadotecnia política a otro nivel: las llamadas “Geraldinitas”, muñecas de peluche inspiradas en su imagen, serán regaladas durante sus recorridos y asambleas por distintos puntos del estado. La propia ingeniera y modelo de profesión ha explicado que recibió las muñecas como obsequio y decidió compartirlas con niñas y niños.
La ocurrencia puede parecer simpática, pero políticamente no es inocente.
Porque cuando una aspirante a gobernar un estado aparece recorriéndolo, realizando asambleas, difundiendo su imagen y, además, entregando objetos personalizados con su propia figura, la pregunta deja de ser si la muñeca es bonita.
La pregunta es: ¿qué tan lejos puede llegar la mercadotecnia antes de convertirse en propaganda política disfrazada?
Y aquí está lo verdaderamente interesante. Geraldine Ponce ya había formalizado desde junio su aspiración dentro de Morena y ha recorrido los 20 municipios de Nayarit como parte de su estrategia territorial. Es decir, las “Geraldinitas” no aparecen en el vacío: llegan dentro de una maquinaria política que ya está caminando.
Por eso resulta ingenuo analizar el asunto solamente como una estrategia de imagen. Esto es política convertida en producto.
Mientras algunos aspirantes todavía imprimen volantes, otros organizan reuniones y unos más repiten discursos frente a una lona, Geraldine entendió algo elemental de la política contemporánea: la candidatura también se construye en la cabeza del elector.
Y una muñeca puede ser mucho más memorable que mil volantes. Ahí está la genialidad de la estrategia. Y también su riesgo.
Porque cuando el personaje político comienza a convertirse en mercancía simbólica, la frontera entre liderazgo, promoción personal y propaganda se vuelve peligrosamente delgada.
¿Es ilegal? Eso no puede decretarse desde una columna. Corresponde a las autoridades electorales determinar, conforme a las circunstancias concretas, si existe alguna infracción. Pero precisamente por eso llama la atención que una estrategia de esta naturaleza aparezca mientras Morena todavía se encuentra en su proceso interno para definir quién encabezará el proyecto estatal.
Lo que sí puede decirse es que la campaña quizá no tenga todavía candidato, pero el posicionamiento ya está trabajando horas extras. Y aquí viene la parte incómoda.
¿Quién decidió que una aspirante a gobernar Nayarit debía convertirse en muñeca? ¿Quién diseñó la idea? ¿Quién pagó la producción? ¿Con qué recursos? ¿Bajo qué concepto? ¿Y cuál es exactamente el propósito político de entregar una representación física de la propia aspirante a las niñas y niños?
Porque decir que simplemente “me las regalaron y decidí compartirlas” puede explicar el origen de las muñecas, pero no necesariamente explica la lógica política de repartirlas durante recorridos y asambleas.
La política mexicana tiene una larga historia de regalos, despensas, playeras, gorras, calendarios y toda clase de objetos destinados a construir simpatía.
Ahora llegó la muñeca. Y eso debería hacernos pensar más allá de Geraldine Ponce.
Porque si normalizamos que el político se convierta en souvenir, mañana podríamos tener candidatos convertidos en estampitas, llaveros, peluches, figuras coleccionables y quién sabe qué más.
La política del siglo XXI ya no solamente busca tu voto: busca ocupar tu memoria. Y Geraldine, hay que reconocerlo, entendió perfectamente esa regla.
Porque mientras unos políticos siguen intentando vender discursos, alguien ya descubrió que también se puede vender —aunque sea simbólicamente— una personalidad.
El problema es que gobernar no es jugar a las muñecas. Y México tampoco.
GOTITAS DE AGUA:
La verdadera prueba para Geraldine Ponce no será cuántas “Geraldinitas” logre repartir. Será si detrás de cada muñeca existe un proyecto de gobierno suficientemente serio para que, cuando termine el espectáculo de la mercadotecnia, quede algo más que plástico, tela y una fotografía para redes sociales.
Porque en política, tarde o temprano, el cántaro se rompe. Y cuando eso ocurre, no hay muñeca que alcance para tapar la grieta.
“Si cierran la puerta, apaguen la luz”. “Nos vemos mañana”…
