Por. – Benjamín Bojórquez Olea.
Manolo Jiménez: gigante en su desierto, diminuto en México
En el PRI ya comenzaron a mirar hacia 2030 y, entre los nombres que empiezan a circular, aparece con mayor insistencia el del gobernador de Coahuila, Manolo Jiménez.
Tiene juventud. Tiene estructura. Tiene resultados electorales. Y, sobre todo, tiene algo que hoy escasea en el PRI: un rostro que no carga con todo el desgaste histórico del partido.
Pero hay una verdad que nadie debería maquillar: Manolo Jiménez todavía es un fenómeno de escala estatal.
Su fortaleza electoral en Coahuila es incuestionable. El PRI conserva ahí un bastión que para cualquier dirigente nacional sería motivo de celebración. Pero convertir ese dominio territorial en una candidatura presidencial es dar un salto que la política mexicana no perdona cuando se calcula mal.
Porque Coahuila no es México. Y ganar Coahuila tampoco significa que el país esté mirando hacia Saltillo. Ahí comienza el problema. Mientras en los círculos priistas algunos empiezan a colocar a Manolo en el horizonte presidencial, millones de mexicanos probablemente todavía se preguntan algo mucho más elemental:
¿Quién es Manolo Jiménez?
No basta con que el PRI lo conozca. No basta con que Coahuila lo conozca. No basta con que los operadores políticos lo consideran una carta competitiva.
Un presidenciable necesita dejar de ser conocido solamente por quienes viven dentro de su propia burbuja política. Y hoy, fuera de Coahuila, el nombre de Manolo Jiménez todavía parece perderse en el desierto de la zona del silencio.
Eso no lo descalifica. Pero sí lo obliga a trabajar.
Porque si realmente quiere llegar a 2030, tendrá que hacer algo mucho más difícil que ganar elecciones en territorio propio: construir una identidad nacional que no dependa del PRI. Y ahí estará su prueba de fuego.
Porque el PRI puede prestarle estructura, pero no puede prestarle popularidad. Puede prestarle dirigentes, pero no puede prestarle credibilidad. Puede prestarle siglas, pero tampoco puede prestarle una narrativa. Y mucho menos puede regalarle algo que en política se conquista lentamente: la confianza de quienes no votan por tu partido.
Manolo tiene cuatro años para responder esa pregunta. ¿Puede convertirse en un político nacional o seguirá siendo un gobernador exitoso encerrado en su propio mapa?
Porque si su proyecto presidencial consiste únicamente en conservar Coahuila, tomarse fotografías con dirigentes, aparecer en reuniones partidistas y esperar que el desgaste de Morena haga el trabajo que él no ha hecho, entonces llegará a 2030 con un problema monumental: será candidato antes de convertirse en líder nacional. Y eso es comenzar la casa por el techo.
GOTITAS DE AGUA:
El país no está esperando otro candidato que un partido necesite explicar. Está esperando alguien capaz de explicarle al país por qué vale la pena escucharlo.
Manolo puede tener tiempo. Puede tener juventud. Puede tener territorio. Pero todavía le falta lo más difícil: tener país.
Porque en Coahuila puede haber aplausos. En el PRI puede haber entusiasmo. En los pasillos del poder puede haber cálculos. Pero una candidatura presidencial no se gana en los pasillos. Se gana cuando el nombre cruza fronteras, rompe burbujas y comienza a resonar donde no existen las estructuras que lo protegen.
El 2030 está lejos. Pero precisamente por eso el reloj ya comenzó. Si quiere ser presidente, primero tendrá que lograr algo mucho más difícil: conseguir que México sepa quién es. “Si cierran la puerta, apaguen la luz”. “Nos vemos mañana”…
