Por. – Benjamín Bojórquez Olea.
Sinaloa no se salva con saliva
La política sinaloense padece una confusión peligrosa: creer que hacer ruido es gobernar, que acumular reflectores equivale a tener capacidad y que descalificar al adversario sustituye la obligación de resolver. Pero Sinaloa no está para experimentos de partido ni para satisfacer los caprichos de quienes confunden el poder con un patrimonio personal.
Gobernar no es aprender a costa de tres millones de sinaloenses. Es llegar con preparación, equipo, visión y responsabilidad. Porque cuando fallan la seguridad, los sectores primarios en pleno abandono, los servicios públicos, la falta de desarrollo económico, entre otros no menos importantes, la factura no la pagan los dirigentes partidistas, sino las familias que sobreviven entre la incertidumbre y el abandono.
Sinaloa necesita menos saliva y más Estado, menos propaganda y más inteligencia, menos ambición y más capacidad. No basta con abrazar al pueblo si después se le abandona frente a sus problemas.
Tampoco sirve idealizar el pasado. Decir que antes todo era un paraíso sería una irresponsabilidad personal; utilizar sus errores como justificación para los fracasos presentes es otra forma de evadir responsabilidades. La historia no debe convertirse en refugio del oficialismo ni en mercancía electoral de una oposición incapaz de revisar sus propias contradicciones.
Las encuestas, por su parte, no son escrituras de propiedad del futuro. Cuando favorecen, se presumen; cuando incomodan, se descalifican. Esa doble moral revela una clase política más preocupada por controlar la narrativa que por comprender a la sociedad. Los números deben examinarse por su metodología, su muestra y su contexto, no por la conveniencia de quien los celebra.
En la oposición, el caso de Paloma Sánchez Ramos abre una discusión sobre representación, legitimidad y congruencia. Si se le atribuye una aspiración gubernamental, la pregunta no debería limitarse a quién la respalda dentro del PRI, sino a qué trayectoria territorial, propuesta pública y capacidad de construir acuerdos puede presentar ante los sinaloenses. Las candidaturas no se justifican por la cercanía con una dirigencia nacional ni por el espacio que alguien ocupa en las listas plurinominales. Se justifican ante la ciudadanía, y esa legitimidad exige algo más que confrontación mediática.
En la izquierda, el desafío tampoco es menor. La popularidad puede abrir las puertas del poder, pero no garantiza la capacidad de ejercerlo. La improvisación se vuelve costosa cuando los discursos no encuentran correspondencia en los resultados. Y ninguna marca partidista, por poderosa que parezca, es inmune al desgaste que producen los gobiernos deficientes. Morena también tendría que comprenderlo: la legitimidad electoral no es un cheque en blanco ni una licencia para gobernar sin autocrítica.
La pregunta, entonces, no es quién grita más, quién aparece más veces en los medios o quién acumula más fotografías con las cúpulas. La pregunta es quién puede articular seguridad, salud, campo, desarrollo económico, servicios dignos, instituciones confiables y sensibilidad social en una estrategia de gobierno verificable.
Sinaloa no necesita salvadores de discurso ni administradores de la confrontación. Requiere instituciones, cuadros preparados, voluntad política y una ciudadanía que exija resultados sin importar el color del partido. También necesita una oposición capaz de fiscalizar sin convertir cada tragedia en espectáculo y un oficialismo dispuesto a reconocer que el poder no lo absuelve de sus errores.
Porque el problema de fondo no es solamente quién gobierna, sino para qué y para quién gobierna.
La política debería ser el arte de resolver los problemas colectivos, no la industria de fabricar culpables. Y cuando los intereses personales pesan más que el bienestar público, las siglas dejan de ser una causa y se convierten en franquicias.
GOTITAS DE AGUA:
Sinaloa merece algo más que el wingo y la pala: merece inteligencia para diagnosticar, técnica para ejecutar y humanidad para no olvidar a quién se debe el poder.
La vida no es solamente lo que ocurrió, sino lo que recordamos y la manera en que lo contamos. Pero un estado no puede vivir de recuerdos ni gobernarse con nostalgia. Se gobierna con resultados y rumbo.
Y quien aspire a conducir el destino de Sinaloa tendrá que entenderlo antes de pedir el voto: el poder no es un premio para los partidos, es una responsabilidad frente a la historia y, sobre todo, frente a la gente.
“Si cierran la puerta, apaguen la luz”.
“Nos vemos mañana”…
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