LA CALLE

Por Miguel González Compeán

La marcha del domingo tiene un componente interesante, como muestra el estudio demoscópico que hizo Gabinete de Comunicación Estratégica: la convicción de que la reforma electoral tendría como único beneficiario al presidente de la república; comparten los asistentes a la marcha la sensación de desamparo, tristeza y enojo con la situación general del país; lo errático de las políticas del gobierno y la necesidad de defender la democracia y en consecuencia al INE.

En sentido contrario el presidente y sus amanuenses, se dedican a minimizar la marcha y a lanzarse a la guerra de cifras con el propósito de hacerla ver como una “marchita”, como una manifestación sin valor político o, incluso, llena de personajes indeseables como Fox y la maestra Elba Esther Gordillo.

No hay en el discurso presidencial, ni un solo argumento en defensa de su propuesta, si en cambio, buenos deseos que suenan muy bien para los legos, pero que son un contrasentido en materia de lo logrado a lo largo de décadas en la construcción de la democracia en nuestro país.

El presidente se llena la boca con el dinero que se ahorraría, con la denostación de los plurinominales que nadie conoce (por cierto, olvidando que algunos de los más importantes diputados y senadores de su partido son plurinominales como Sánchez Cordero y el líder de los diputados de Morena), con acabar con la partidización de los consejeros electorales eligiéndolos por voto popular, cuando en realidad eso los convertiría en verdaderos miembros partidistas, pues son los partidos los únicos con estructura electoral y, sobradamente sabemos en donde están cargados los votos en este momento.

El problema, sin embargo, es más profundo y está dado en dos sentidos. El primero tiene que ver con la propuesta misma. La propuesta no tiene que ver con ampliar las vías de participación o para hacerlas más representativas y eficientes. Al contrario, apuntan a la concentración del poder en una mayoría ficticia y en la entrega del arbitraje electoral al gobierno en turno, cosa de la que salimos después de muchas décadas de lucha y transformación y que sabemos que no es un curso de acción recomendable.

La segunda, tiene que ver con una visión cada vez más mesiánica del presidente. En sus palabras, el presidente asegura, que como él está detrás de la propuesta la propuesta es buena. Como él está en el gobierno las elecciones serán transparentes. Como él está detrás de la selección de candidatos de su partido, ellos si representarán al pueblo. Como él está detrás de la operación del congreso, ese congreso si trabajará para atender a los pobres. Como él está detrás de la mayoría y la representa, esa si será una democracia. La realidad, sin embargo, es que por más que él se ponga de frente, él no es garantía de nada. Son las instituciones y el trabajo en la discusión la apertura y la representación de las minorías en donde el país tiene una mucho más sana perspectiva democrática y por lo tanto den donde todos quepamos. No significa que la diferencia no sea aceptable, no puede haber unidad única, valga la perogrullada. En la diferencia, necesitamos todos un espacio democrático de discusión y participación activa.

Lo más significativo de la marcha del domingo, es que todo asistente pensábamos que no es hacia la imposición de una mayoría aplastante, lo que nos hará mejores, sino en el reconocimiento de que todos los asistentes, sabiéndonos diferentes, podíamos estar de acuerdo en que antes que nada necesitamos un árbitro confiable, para que a cada quien le toque lo se debe y lo que justamente gane en dónde importa: en las urnas en donde cuentan los ciudadanos voto por voto y en cada casilla. Nada más, pero nada menos también.

Deja un comentario

Descubre más desde MARCAMOS LA PAUTA EN INFORMACIÓN

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo