Por. – Benjamín Bojórquez Olea.
El festín de Malova…
La política, decía el viejo Maquiavelo, no premia a los inocentes, sino a los astutos. En Sinaloa, ese principio no solo se confirma, sino que se enraíza como una ley natural. La fractura entre Enrique Inzunza y Gerardo Vargas Landeros no es simplemente una disputa de egos, sino el presagio de un reacomodo más profundo, de un juego de sombras donde los viejos fantasmas, como Mario López Valdez, «Malova», emergen no para redimirse, sino para recordarnos que, en política, el pasado nunca está muerto. Ni siquiera es pasado.
Y el PRI, en Sinaloa, es una aldea que se está utilizando para ir colocando tentáculos cercanos al propio Malovismo, en donde acelera sus acuerdos con Alito Moreno y aprovecha el pleito entre el senador Inzunza y el alcalde de Ahome para capturar un sector del morenismo enemistado con el tlatoani sinaloense.
Darse a notar en medio de este caos no requiere estridencia. Requiere paciencia. La experiencia enseña que las mejores conquistas políticas no son las que se hacen marchando al frente, sino las que se van carcomiendo desde adentro, como termitas invisibles. Malova, ese espectro que Sinaloa nunca ha logrado exorcizar, lo sabe bien: en los momentos de mayor desgaste, en las grietas que dejan las batallas internas, florecen las oportunidades que el tiempo y la memoria selectiva permiten.
El desgaste entre Inzunza y Vargas es más que una pelea; es la grieta por donde se filtran las viejas mañas. Es la prueba de que, en Sinaloa, la historia no se aprende: se repite con otras máscaras. En un ecosistema político donde la lealtad es efímera y el interés manda, quienes mejor entienden el arte de la traición son también quienes sobreviven y vuelven a imponerse.
Y es que aquí, como en tantos rincones de México, la política nunca ha sido un ejercicio de principios sino de resistencias. Resistir al olvido, resistir a la vergüenza, resistir a la necesidad de cambio real. Los pueblos que no sanan sus heridas terminan abrazando a quienes las abrieron. Y mientras la ciudadanía olvida, los espectros como Malova solo tienen que esperar su turno.
El regreso de estos fantasmas no es casualidad: es síntoma. Sinaloa, atrapada en su eterno ciclo de promesas traicionadas y cambios simulados, sigue siendo tierra fértil para los oportunistas. No porque falte talento, sino porque sobra miedo. Porque se ha normalizado que el poder no se construye, se hereda; que las traiciones no se castigan, se premian; que los fantasmas no se enfrentan, se invitan de nuevo a la mesa.
Mientras Morena se devora a sí misma, mientras las ambiciones personales desgarran cualquier proyecto colectivo, los viejos zorros avanzan en silencio. No necesitan forzar su regreso: el sistema mismo los llama, como un reflejo de su incapacidad para reinventarse.
La historia, se dice, no se repite, pero rima. Y en Sinaloa la rima es una elegía triste: la de un pueblo que, una y otra vez, se rinde ante los mismos rostros, los mismos pactos, las mismas traiciones. En este teatro, los ciudadanos son el coro silencioso que observa, que se indigna por un momento, pero que al final se acomoda en sus asientos, resignado a ver otra función de la misma tragedia.
GOTITAS DE AGUA:
Hoy Malova pesca en el río revuelto de Morena. Lo hace sin prisa, con la paciencia de quien sabe que el tiempo, al final, siempre favorece a los que mejor entienden el arte de la política.
Mientras tanto, en Sinaloa, los fantasmas siguen vivos. No necesitan puertas abiertas para entrar. Ellos saben que, tarde o temprano, alguien apagará la luz. “Nos vemos mañana”…
