Por. – Benjamín Bojórquez Olea.
La última temporada de Torrecillas…
En teoría, los sindicatos nacieron para proteger lo más sagrado que tiene un trabajador: sus derechos, su dignidad y su voz colectiva. En el caso del magisterio, además, representan un muro de contención frente a un sistema que históricamente ha sabido cargar sus crisis sobre los hombros de quienes sostienen la educación pública. Pero cuando un líder sindical se aferra al poder más allá de su periodo estatutario, cuando el reloj marca salida y él decide incrustarse como sanguijuela, lo que queda no es representación… es usurpación.
El caso de Genaro Torrecillas López, líder del SNTE Sección 27, es un ejemplo severo —y urgente— de cómo una dirigencia puede convertirse en lo contrario de aquello para lo que fue creada. Su periodo concluyó el 4 de noviembre, pero Torrecillas López decidió ignorar la fecha como quien cierra los ojos esperando que el problema se diluya. Y no es casualidad: cuando se está sentado sobre la gallina de los huevos de oro, la tentación de extender la estadía se vuelve adictiva. De ahí el apodo que muchos maestros ya le asignaron: “el 80-20”. No por ingenio, sino por sospecha.
La convocatoria para renovar la dirigencia debió emitirse en octubre. No se hizo. Y la omisión no huele a descuido, sino a acuerdo. El Comité Nacional del SNTE, encabezado por Alfonso Cepeda Salas, tampoco liberó el documento. Un silencio que sabe a complicidad, a ese pacto tácito que permite que los liderazgos se fosilicen en los sillones del poder. El resultado es un retroceso histórico disfrazado de trámite sindical: continuidad sin legitimidad.
Mientras tanto, el magisterio vive una realidad tan simple como dolorosa: el dirigente no está. No atiende. No responde. No aparece.
Docentes de todo el estado narran una escena que ya se volvió rutina: más de una decena de maestros acude diariamente a las oficinas sindicales buscando apoyo, orientación o siquiera una cara conocida. Pero se encuentran con puertas cerradas y con un líder que, lejos del clamor de la base, prefiere desayunar en restaurantes de élite. La distancia no solo es física. Es moral.
El contraste con su antecesor, Edén Inzunza, es brutal. Inzunza dejó un sindicato saneado: sin deudas históricas, con edificios rehabilitados, más de 2.5 millones en caja, 20 millones del SIAP y 3 millones para un auditorio. Todo respaldado con estados bancarios. Todo público. Todo es verificable. Esa comparación pesa. Pero pesa más la pregunta que circula con creciente ansiedad en los pasillos:
¿Qué quedará después de Torrecillas? La respuesta, al menos en percepción, ya tiene calificación: reprobado.
Y por eso el magisterio se prepara. El 4 de diciembre, cuando se cumpla un mes del fin oficial de su periodo, decenas de maestros planean tomar las instalaciones del sindicato. No por rebeldía, sino por supervivencia institucional. No por revancha, sino por dignidad. No por capricho, sino porque sienten que les están arrebatando lo que es suyo: su herramienta para defenderse.
Lo verdaderamente trágico es que esta historia no es una anomalía; es un síntoma. Cuando un sindicato deja de servir a la base para servir a su dirigente, cuando se vuelve un refugio para ambiciones personales, cuando se aleja de la escuela y se acerca al privilegio, deja de ser sindicato. Se convierte en una caricatura de sí mismo.
GOTITAS DE AGUA:
Genaro Torrecillas no solo está prolongando su estancia en el cargo. Está prolongando una herida. Y mientras más se aferre, más evidente se vuelve la urgencia de que los trabajadores recuperen lo que siempre debió ser suyo: la representación auténtica.
Porque al final, un líder sindical que no se va cuando debe, no es líder. Es un obstáculo.Y los obstáculos, tarde o temprano, se remueven. “Si cierran la puerta, apaguen la luz”. “Nos vemos el lunes”…
