SOBRE EL CAMINO

Por. – Benjamín Bojórquez Olea.

Salvador Alvarado: el banquete de los escombros

Ayer lo decía: hay gobiernos que fracasan. Y hay otros que convierten el fracaso en un método.

Lo que hoy ocurre en Salvador Alvarado no es una simple crisis administrativa, ni un tropiezo circunstancial en la gestión pública. Es algo más perturbador, más oscuro y más peligroso: es la institucionalización de la mediocridad como forma de poder. Es la evidencia de que cuando la incapacidad se organiza, termina gobernando.

Armando Camacho y Lupita de Camacho no solo han fallado; han demostrado que la falta de talento, cuando se combina con la ambición desmedida, puede devastar más que cualquier enemigo externo. Han paralizado la economía, han cercado la libertad y, peor aún, han convertido el desarrollo en una promesa mutilada, en una ilusión con barrotes.

Mientras los ciudadanos lidian con calles destrozadas, sin un plan de emergencia en salud y servicios básicos que apenas sobreviven, el poder municipal parece vivir en una burbuja de frivolidad grotesca. No gobiernan: administran su propio reflejo. No resuelven: simulan. No construyen: posponen. Y en esa simulación constante, el municipio se desmorona.

Los videos que circulan en redes no son simples denuncias; son testimonios de una sociedad que grita desde el abandono. Son la prueba de que el contrato social ha sido roto. Porque cuando el ciudadano tiene que suplicar por lo básico, el gobierno ya ha dejado de existir como tal. Pero lo más inquietante no es el deterioro material. Es el deterioro moral.

Una alcaldesa que no reconoce su propia debilidad encarna el símbolo más peligroso del poder: la negación de la realidad. Su lenguaje corporal —ceniza, errática, derrotada— no es solo una percepción estética, es una radiografía del colapso interno de un gobierno que ya no cree en sí mismo, pero que se aferra al cargo como un náufrago a los restos del naufragio que él mismo provocó.

Dentro del Ayuntamiento, las fracturas son evidentes. Funcionarios enfrentados, intrigas internas, una administración devorándose a sí misma mientras el municipio cae a pedazos. Es la política convertida en canibalismo. Y, sin embargo, hay algo todavía más indignante: la obscena contradicción entre la ruina pública y la prosperidad privada.

Porque mientras Salvador Alvarado se hunde, surgen castillos. Mientras el pueblo se asfixia, florecen propiedades. Mientras la infraestructura se detiene, la riqueza personal se expande por diversos sectores de la región del Évora. Ahí está la verdadera obra pública de este gobierno: no en las calles, sino en los patrimonios.

Siguen negociando la mentira como si fuera moneda corriente. Se aferran a encuestas que intentan maquillar lo evidente. Se venden como impolutos mientras el hedor de la corrupción se vuelve imposible de ignorar. Y como en toda mala ficción política, ya preparan el siguiente acto: la reelección como premio al desastre. Pero la historia —la verdadera historia— no se escribe con encuestas, sino con consecuencias.

Salvador Alvarado hoy es un territorio subyugado, sin productividad, sin energía, sin rumbo. Si algo debería estremecer a Salvador Alvarado no es solo la torpeza de sus gobernantes, sino la posibilidad de que esa torpeza se vuelva costumbre. Porque cuando la mediocridad deja de indignar, se convierte en norma. Y cuando la corrupción deja de escandalizar, se convierte en sistema.

Armando y Lupita no son una anomalía aislada. Son el síntoma de una enfermedad más profunda: la política vaciada de ética, de visión y de inteligencia. Un poder que ya no aspira a transformar, sino a sobrevivir mientras extrae petróleo.

Compararlos con dictadores no es una exageración retórica; es una advertencia simbólica. Porque toda forma de autoritarismo comienza igual: con pequeños abusos tolerados, con incompetencias justificadas, con silencios cómplices.

Si tuvieran un mínimo de dignidad política, renunciarían. Pero la dignidad es incompatible con la avaricia.

GOTITAS DE AGUA:

Hoy, Salvador Alvarado no sólo enfrenta una crisis de gobierno. Enfrenta una crisis de sentido. La pregunta ya no es si este gobierno puede recomponerse. La pregunta es si la sociedad permitirá que este tipo de poder vuelva a repetirse.

Porque al final, los pueblos no solo son víctimas de sus gobernantes. También son el reflejo de lo que están dispuestos a tolerar. Y esa, quizá, es la tragedia más profunda de todas.

Si cierran la puerta, apaguen la luz.

Nos vemos mañana.

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