Por. – Benjamín Bojórquez Olea.
Sinaloa en el centro del tablero nacional
La geopolítica no tiene amigos. Tiene intereses. Y cuando una potencia siente que el mundo se le escapa de las manos, no negocia con cortesías: presiona, condiciona y exhibe. Lo que hoy ocurre con México —y particularmente con Sinaloa— no puede analizarse únicamente desde la narrativa simplista de un gobernador señalado o de una crisis de seguridad. El tablero es mucho más grande. Y las piezas también.
Maquiavelo advertía que cuando un ciego recupera la vista, lo primero que arroja es el bastón que lo sostuvo durante la oscuridad. La frase retrata con precisión quirúrgica la conducta de las naciones poderosas. Estados Unidos sostuvo durante décadas relaciones ambiguas con gobiernos de la derecha, empresarios y estructuras políticas en América Latina mientras le resultaron funcionales. Ahí no hubo juicios. Pero cuando el equilibrio global cambia, los aliados dejan de ser aliados y se convierten en variables prescindibles dentro de una nueva estrategia de poder.
Eso es lo que muchos no están entendiendo sobre el caso de Rubén Rocha Moya. Y los que entienden, prefieren callar por intereses muy particulares. No se trata de defenderlo ni de idealizarlo. La discusión no es moral. Es política. Es económica. Es geoestratégica.
Porque cuando una acusación o un expediente aparece en Nueva York y no en Texas, el mensaje cambia completamente de dimensión. Nueva York no es solamente una corte; es un símbolo del poder financiero, judicial y político de Estados Unidos. Ahí juzgaron al Chapo. Ahí sentaron al Mayo Zambada. Ahí se construyen expedientes que no solamente castigan delitos: también disciplinan gobiernos.
La señal no es exclusivamente para Sinaloa. La señal es para México entero.
Washington entiende algo que quizá buena parte de la clase política mexicana todavía se niega a aceptar: el siglo XXI ya no se disputará únicamente con ejércitos. Se disputará con minerales estratégicos, rutas comerciales, semiconductores, energía y control logístico global. Y ahí México se volvió crucial.
Donald Trump —y en realidad todo el aparato estratégico estadounidense— sabe que China lleva años construyendo silenciosamente la arquitectura económica del futuro. Pekín domina gran parte del procesamiento mundial de minerales críticos: litio, cobre, tierras raras y componentes indispensables para baterías, inteligencia artificial, chips, armamento y transición energética. Estados Unidos observa cómo su principal rival avanza hacia la supremacía tecnológica mientras pierde capacidad industrial y control de cadenas de suministro.
Entonces voltea hacia México. Y lo que ve no es solamente violencia. Ve litio. Ve cobre. Ve puertos. Ve el Corredor Interoceánico del Istmo de Tehuantepec. Ve una plataforma comercial capaz de competir con el Canal de Panamá. Ve proximidad territorial. Ve una nación atravesada por inversiones chinas. Y también ve gobernadores vulnerables alimentados por la brutal inseguridad que las mismas autoridades gringas han alimentado durante décadas.
Por eso sería ingenuo pensar que el caso Rocha Moya se reduce a una narrativa de combate al crimen organizado. La presión judicial puede convertirse en un instrumento de negociación política. No necesariamente porque Estados Unidos quiere “atrapar” a un gobernador, sino porque necesita garantizar que México no termine orbitando económicamente alrededor de China.
La verdadera obsesión de Washington no está en Culiacán. Está en Pekín. Y en el miedo de perder la hegemonía mundial.
Estados Unidos sabe que la guerra comercial con China no se resolverá únicamente con aranceles. Necesita controlar rutas, minerales y territorios estratégicos. Panamá ya fue una advertencia: bastó una presión política para modificar decisiones relacionadas con infraestructura vinculada a intereses chinos. Ahora la mirada está puesta sobre México. Porque México contiene algo más valioso que petróleo: contiene posición geográfica, recursos naturales y acceso continental.
Sinaloa entra en ese mapa no solamente por la violencia, sino por su peso político, económico y territorial dentro de una región estratégica del Pacífico. Y en medio de la crisis de inseguridad que atraviesan los sinaloenses, Rocha Moya podría terminar convertido en una pieza de negociación dentro de un ajedrez internacional mucho más complejo de lo que aparenta. Eso es lo verdaderamente inquietante.
Porque cuando las potencias juegan a preservar su hegemonía, los discursos sobre justicia suelen mezclarse con intereses económicos, presiones diplomáticas y mecanismos de control político. Y México corre el riesgo de convertirse nuevamente en terreno de disputa entre gigantes.
GOTITAS DE AGUA:
La resiliencia de un país no consiste en negar esa realidad. Consiste en entenderla antes de que sea demasiado tarde. Porque las naciones también pueden romperse. Y cuando se rompen, generalmente no es por lo que ocurre en la superficie… sino por lo que las potencias descubrieron debajo de ella. “Si cierran la puerta, apaguen la luz”. “Nos vemos mañana”…
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