Por. – Benjamín Bojórquez Olea.
La alianza del péndulo
La política suele construir alianzas que no nacen de la afinidad ideológica, sino de la necesidad mutua. Morena y el Partido Verde representan, quizá mejor que nadie, esa lógica de conveniencia pragmática que domina el tablero rumbo al 2027. No son aliados naturales; son aliados inevitables. Y en esa contradicción se encuentra tanto su fortaleza como el germen de sus futuros conflictos.
Morena posee el mayor capital político-electoral del país. Tiene estructura territorial, narrativa presidencial y una maquinaria de movilización que todavía conserva legitimidad entre amplios sectores sociales, pero requiere reales operadores políticos. El Partido Verde, en cambio, no tiene ese arrastre popular masivo, pero ha construido un activo mucho más sofisticado: la capacidad de convertirse en pieza indispensable para las mayorías legislativas. Ahí radica el verdadero poder del Verde. No gana grandes elecciones por sí solo, pero sí define gobernabilidad, reformas constitucionales y equilibrio parlamentario.
Por eso la relación entre ambos partidos es una historia permanente de amores y desamores. Morena necesita al Verde para sostener la profundidad de sus reformas y garantizar músculo en las cámaras federales. El Verde necesita a Morena para sobrevivir electoralmente y seguir negociando espacios de poder. Ambos se usan y ambos lo saben. La alianza no se sostiene por convicción doctrinal, sino por cálculo político.
Sin embargo, el problema rumbo a 2027 no está en la elección presidencial ni siquiera en la gubernatura de Sinaloa. Ahí es probable que terminen juntos porque el costo de separarse sería demasiado alto. El verdadero conflicto está abajo: presidencias municipales, diputaciones locales y federales. Es en ese terreno donde comienzan las fracturas reales del poder.
La idea de competir separados en municipios y distritos podría parecer una estrategia inteligente para ampliar presencia y negociar después desde distintas trincheras. Pero en realidad puede convertirse en un error de cálculo político-electoral de enormes dimensiones. Morena corre el riesgo de confundir hegemonía electoral con suficiencia institucional. Ganar votos no necesariamente significa garantizar gobernabilidad.
Y ese es el punto que muchos dentro de Morena parecen minimizar: sin aliados sólidos, las reformas no se defienden solas. La concentración del poder ejecutivo necesita acompañamiento legislativo cohesionado. Si Morena permite que el Verde crezca como fuerza autónoma en los territorios, podría terminar fortaleciendo un aliado que después encarezca cada negociación política. Pero si lo excluye o minimiza, también corre el riesgo de debilitar las mayorías que hoy le permiten sostener su proyecto nacional. Sobre todo, cuidar las espaldas de los gobernantes a través de los congresos.
En Sinaloa ese escenario se vuelve todavía más delicado. La elección de 2027 no será únicamente una disputa por la gubernatura; será una batalla por el control político del Congreso local y por la capacidad de administrar un estado donde las exigencias políticas han crecido exponencialmente. Los grupos regionales, las élites económicas y los liderazgos municipales ya no operan bajo la vieja lógica de subordinación automática. Hoy todos quieren una mayor rebanada del pastel político.
Y ahí aparece el riesgo más profundo: la fragmentación. Si Morena y el Verde compiten separados en lo local, podrían dividir el voto oficialista y abrir espacios a oposiciones que, aunque debilitadas, aún conservan capacidad de operación territorial. Más aún, podrían provocar un Congreso local mucho más atomizado, donde las negociaciones se vuelvan permanentes y las lealtades extraordinariamente caras.
Paradójicamente, mientras Morena busca consolidar un proyecto de concentración política nacional, en los estados podría estar incubando un modelo de dispersión del poder que complique su propia gobernabilidad. El Verde entiende perfectamente esa circunstancia y por eso eleva sus exigencias. Sabe que ya no es un simple acompañante electoral; es un socio estratégico cuya utilidad crece en la medida en que Morena necesita blindar constitucionalmente su proyecto político.
Pero también el Verde enfrenta un dilema. Si estira demasiado la cuerda, podría convertirse en víctima de su propio oportunismo. Porque el electorado mexicano tolera las alianzas pragmáticas, pero castiga la percepción de chantaje político cuando ésta se vuelve excesivamente visible.
GOTITAS DE AGUA:
Rumbo al 2027, Morena y el Partido Verde deberán decidir si su alianza es únicamente una suma temporal de intereses o un verdadero pacto de gobernabilidad. Porque una coalición que sólo sirve para ganar elecciones, pero no para construir estabilidad institucional, termina convirtiéndose en un problema para ambos.
Y quizás esa sea la reflexión más importante para la clase política sinaloense: el poder no se mide únicamente por cuántos votos se obtienen, sino por cuánta estabilidad puede sostenerse después de la elección. “Si cierran la puerta, apaguen la luz”. “Nos vemos mañana”…
