Por. – Benjamín Bojórquez Olea.
La marca empuja, el talento no alcanza
En México, la política dejó hace mucho de ser un terreno donde necesariamente ascienden los perfiles más preparados, los más brillantes o los más capaces. Hoy, en muchos casos, el éxito político depende menos del talento individual y más de las circunstancias, de las olas electorales y, sobre todo, del poder de una marca partidista. Y pocos ejemplos reflejan mejor este fenómeno que el de la senadora morenista sinaloense Imelda Castro Castro, y muchos otros más.
No se trata únicamente de una crítica personal. El problema es más profundo y más preocupante: la política mexicana está produciendo figuras que no necesariamente construyen liderazgo propio, sino que sobreviven montadas en la inercia de un movimiento político dominante. Son políticos de coyuntura, no de trayectoria; de discurso repetido, no de ideas propias.
Morena creó una nueva lógica de poder. Durante años, el rechazo ciudadano hacia los partidos tradicionales generó un fenómeno donde el simple hecho de portar los colores guindas bastaba para ganar elecciones. En ese contexto, muchos perfiles llegaron al poder no porque hubieran demostrado una capacidad extraordinaria, sino porque la marca los arrastró electoralmente como una ola arrastra todo a su paso, sin distinguir calidad, preparación o visión.
Ese es precisamente el debate que representa Imelda Castro. Su permanencia en espacios relevantes de poder parece responder más a las condiciones políticas que a un liderazgo contundente o una capacidad sobresaliente que marque diferencia en el escenario nacional y local. Es decir: no es necesariamente el talento lo que la sostiene, sino el momento político que le tocó vivir. Y ahí aparece el verdadero problema democrático.
Cuando la marca vale más que la capacidad, la política se vacía de mérito. El ciudadano deja de elegir perfiles y comienza a votar símbolos. Se normaliza entonces una clase política que no necesita destacar, innovar ni convencer; basta con pertenecer al grupo correcto en el momento adecuado. La mediocridad deja de ser un obstáculo y se convierte en una condición perfectamente administrable. Por eso impera la mediocridad en el servicio público.
Lo más delicado es que esto no ocurre solo en Morena. Antes sucedió en el PRI, después en el PAN y hoy se replica bajo otro color. Cambian los partidos, pero no la mecánica del poder: estructuras que premian la lealtad antes que la inteligencia, la disciplina antes que la capacidad crítica y la cercanía política antes que los resultados.
En Sinaloa, este fenómeno se vuelve todavía más evidente. La política local históricamente ha estado marcada por grupos, padrinazgos y corrientes que construyen carreras más por acomodos que por méritos. Por eso resulta tan fácil que ciertos perfiles sobrevivan sexenio tras sexenio sin generar realmente una huella política clara. Permanecen porque entienden el sistema, no porque transforman la realidad.
Y quizá esa sea la tragedia silenciosa de la política mexicana actual: el ciudadano terminó acostumbrándose a exigir muy poco. Ya no se pregunta quién es el mejor preparado, sino quién tiene más posibilidades de ganar. La discusión pública dejó de centrarse en capacidades y comenzó a girar alrededor de encuestas, alianzas y narrativa propagandística.
El riesgo de todo esto es enorme. Porque cuando un país normaliza que el poder no necesita talento, termina gobernado por la improvisación. Y la improvisación, tarde o temprano, siempre cobra factura.
GOTITAS DE AGUA:
La pregunta incómoda entonces no es si Imelda Castro merece o no el espacio político que ocupa o pretende ocupar. La verdadera pregunta es mucho más dura: ¿cuántos políticos en México seguirían vigentes si tuvieran que sostenerse únicamente por su capacidad y no por la fuerza de una marca? “Si cierran la puerta, apaguen la luz”. “Nos vemos el lunes”…
