SOBRE EL CAMINO

Por. – Benjamín Bojórquez Olea.

El talón de aquiles de Imelda Castro

En política no siempre pierde quien comete los errores más grandes. A veces pierde quien decide cargar con ellos.

La historia del poder está llena de liderazgos que no fueron derrotados por sus adversarios, sino por el peso muerto que llevaban colgado al cuello. No fueron las campañas de oposición, ni las encuestas, ni siquiera las crisis externas. Fueron los personajes incómodos, los aliados cuestionados, los compañeros de ruta que terminaron convirtiéndose en una piedra imposible de arrastrar.

Ese parece ser uno de los desafíos más delicados que enfrenta hoy Imelda Castro. El enemigo más peligroso viaja en el mismo barco.

Mientras la senadora fortalece su presencia en el escenario político sinaloense y observa cómo algunos de los obstáculos que parecían disputarle el camino se han ido despejando, emerge una pregunta que comienza a instalarse en el imaginario colectivo: ¿el problema de su proyecto está afuera o está adentro?

Porque la política moderna ya no se trata solamente de lo que un candidato dice. Se trata también de lo que tolera. De lo que permite. De quiénes aparecen detrás de él en la fotografía. La ciudadanía observa. Y cuando observa, juzga. Juzga los silencios. Juzga las complicidades. Juzga las cercanías. Juzga los intereses que se mueven alrededor de un proyecto político.

La principal amenaza para cualquier aspirante que busca gobernar no es la crítica externa. Es la incapacidad de distinguir entre quienes construyen y quienes se sirven de la construcción para beneficio propio.

En Sinaloa existe un profundo cansancio social hacia las élites políticas que prometen transformación mientras reciclan prácticas, personajes y grupos que la población asocia con los viejos vicios del poder. Ese cansancio no distingue colores partidistas. Es una fatiga moral acumulada durante décadas.

Por eso, cuando una figura que aspira a encabezar un nuevo ciclo aparece constantemente acompañada por actores que generan controversia, desgaste o rechazo ciudadano, la discusión deja de ser electoral para convertirse en un asunto de credibilidad. Y la credibilidad es el recurso más escaso de la política contemporánea.

Un candidato puede sobrevivir a una mala encuesta. Puede sobrevivir a una campaña negativa. Puede sobrevivir a una derrota temporal. Lo que difícilmente sobrevive es la erosión constante de la confianza.

Porque cuando la gente empieza a preguntarse quién manda realmente detrás del proyecto, quién se beneficiará de una eventual victoria o quién ocupará los espacios de poder, la narrativa del cambio comienza a resquebrajarse. El problema no es únicamente la imagen.

Es el mensaje. Y el mensaje que recibe una parte de la ciudadanía es inquietante: si los mismos grupos permanecen cerca del poder, ¿qué tan profunda será realmente la transformación prometida?

La pregunta es especialmente relevante para una figura que busca hacer historia como la primera mujer electa para gobernar Sinaloa. Una candidatura con ese simbolismo debería representar una ruptura con inercias, prácticas y dependencias que han desgastado la confianza pública durante generaciones.

Sin embargo, ninguna candidatura puede construir una narrativa de renovación mientras proyecta la sensación de estar atrapada por intereses que parecen sobrevivir a todos los cambios políticos. La verdadera fortaleza de un liderazgo no consiste en sumar nombres. Consiste en saber restar.

En identificar qué personas aportan legitimidad y cuáles representan un costo permanente. Comprender que existen apoyos que impulsan y apoyos que hunden. Porque llega un momento en que los electores dejan de evaluar únicamente al aspirante y comienzan a evaluar a toda la corte que lo rodea.

GOTITAS DE AGUA:

Y ahí es donde muchas campañas aparentemente invencibles empiezan a derrumbarse. La política es un espejo cruel. No refleja lo que los candidatos creen ser. Refleja lo que la sociedad percibe. Y hoy la pregunta que ronda en diversos sectores de Sinaloa no es si Imelda Castro tiene posibilidades reales de competir por la gubernatura. La pregunta es si tendrá la capacidad de desprenderse del lastre antes de que el lastre termine definiendo su destino.

Porque en política, como en el mar, no siempre se hunde el barco por la fuerza de la tormenta. A veces basta con el exceso de peso acumulado en la cubierta. “Si cierran la puerta, apaguen la luz”. “Nos vemos mañana”…

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