Por. – Benjamín Bojórquez
La senadora “Don nadie”
La política tiene una vieja costumbre: disfrazar la cercanía y maquillar la distancia. Hay quienes abrazan al pueblo cuando las cámaras están encendidas y vuelven a levantar murallas invisibles cuando el reflector se apaga. No es nuevo. Lo verdaderamente revelador es cuando la máscara decide hablar por sí sola.
Paloma Sánchez Ramos cometió un error que en política suele costar más que una derrota electoral: dejó escapar una percepción que muchos sospechaban, pero que pocos podían demostrar. Al referirse despectivamente a un adversario político como un «don nadie», no solamente respondió a una provocación. Expuso, quizá involuntariamente, una manera de entender el poder.
Porque el problema nunca ha sido el diputado local con licencia Rodolfo Valenzuela. Él es apenas el vehículo circunstancial de una discusión mucho más profunda. El verdadero tema es la concepción que ciertos actores políticos tienen sobre quién merece respeto y quién no.
Arthur Schopenhauer sostenía que el carácter de una persona se revela cuando deja de controlar sus impulsos. No cuando pronuncia un discurso cuidadosamente elaborado, sino cuando el orgullo habla antes que la razón. En esos instantes desaparece el personaje y emerge el individuo.
Y eso fue precisamente lo que ocurrió. La senadora priista Paloma Sánchez no pertenece al montón. Nunca ha pertenecido. Forma parte de esa élite política y social que durante décadas ha orbitado alrededor de los grandes centros de poder del país. No es una crítica; es una descripción de su trayectoria y del entorno en el que ha construido su carrera pública.
Por eso, quizá, terminó diciendo una verdad incómoda sin proponérselo. Y que se oculta desde lo más profundo de su cerebro: «Paloma no se mezcla con cualquiera.»
Si esa es realmente la lógica desde la cual observa el mundo político, entonces inevitablemente surge una pregunta que incomoda más que cualquier debate partidista. ¿Qué significaban aquellas fotografías en campaña arriba de un camión recolector de basura? ¿Qué representaban aquellas escenas cuidadosamente construidas donde buscaba proyectarse cercana a los trabajadores, a las colonias populares y a quienes viven muy lejos de los salones donde normalmente se toman las decisiones?
Porque una de dos. O aquellas imágenes eran auténticas… O eran estrategia. Y cuando una frase contradice años de narrativa política, la narrativa suele ser la primera víctima.
La filosofía política de Maquiavelo advertía que los gobernantes viven tanto de la realidad como de las apariencias. Pero existe un punto donde la apariencia deja de sostener a la realidad. Ese momento llega cuando las palabras destruyen la escenografía.
No es casualidad que la ciudadanía sea cada vez más escéptica. Durante años ha aprendido a distinguir entre quien visita una colonia porque la habita y quien la visita porque hay una campaña electoral en puerta.
El poder tiene una enfermedad silenciosa: el convencimiento de que la investidura convierte a las personas en seres superiores. Es una ilusión peligrosa porque termina alejando al político de aquello que precisamente le da legitimidad: la gente.
La historia está llena de personajes que confundieron representación con aristocracia. Todos terminan igual. Olvidados. Porque la soberbia posee una característica casi biológica: siempre acelera la velocidad de la caída.
Esta columna no pretende defender a Rodolfo Valenzuela ni convertirlo en víctima. Ese sería un debate menor. Lo verdaderamente importante es preguntarnos qué revela este episodio sobre la cultura política que sigue sobreviviendo en México.
¿De verdad algunos siguen creyendo que existen ciudadanos de primera y ciudadanos de segunda? ¿Hay políticos dignos de respeto y otros que son simples «don nadie»?
Paradójicamente, quien llama «don nadie» a otro corre el riesgo de olvidar la lección más antigua de la democracia: todos los cargos públicos son prestados. Ninguno pertenece para siempre. El voto los entrega y el voto los retira.
El poder nunca convierte a alguien en más importante que los demás; únicamente le concede una responsabilidad mayor frente a ellos.
Quizá el mayor error de algunos políticos sea creer que la sociedad sigue impresionándose con los apellidos, las relaciones, los círculos exclusivos o las fotografías cuidadosamente planeadas. No. La ciudadanía ya aprendió a observar los pequeños gestos. Porque las campañas muestran lo que un político quiere parecer. Pero los arranques emocionales revelan lo que verdaderamente es.
GOTITAS DE AGUA:
Y, como decía Séneca, «ningún viento es favorable para quien ha perdido el rumbo». En política, las palabras jamás son solamente palabras. A veces son el espejo donde termina reflejándose el verdadero rostro del poder.
Si cierran la puerta, apaguen la luz… Nos vemos mañana.
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