SOBRE EL CAMINO


Por. – Benjamín Bojórquez Olea.

La gramática del Estado

La política suele fabricar dos clases de personajes: los que aprenden a conquistar el poder y los que aprenden a construirlo. Los primeros dominan el lenguaje de las campañas; los segundos comprenden el idioma silencioso de las instituciones. Los primeros viven de la emoción; los segundos sobreviven gracias al conocimiento. Unos saben levantar la mano en los mítines. Los otros saben levantar un Estado cuando todo parece derrumbarse.

La diferencia no es menor. Es la misma distancia que existe entre un arquitecto y un albañil improvisado.

Nadie entregaría la construcción de un hospital a quien jamás ha leído un plano estructural. Nadie permitiría que un piloto debutara el día del vuelo. Nadie confiaría una cirugía a quien solamente ha visto médicos por televisión. Sin embargo, en política seguimos creyendo que gobernar puede aprenderse sobre la marcha, como si administrar millones de vidas fuera un experimento tolerable. Esa es, quizá, la tragedia más persistente de nuestra democracia.

Hemos romantizado la improvisación hasta convertirla en una virtud. Hemos confundido cercanía con competencia, popularidad con preparación y carisma con capacidad. El resultado está a la vista: gobiernos que administran la coyuntura, pero no transforman la realidad; líderes que dominan el escenario, pero desconocen los sótanos donde realmente se mueve el Estado.

Porque el poder verdadero no habita en los discursos. Habita en los procedimientos. Habita en los presupuestos. Habita en la negociación institucional. Habita en la capacidad de traducir una necesidad social en una política pública viable. Y ese lenguaje no se aprende durante una campaña electoral.

Se aprende recorriendo los pasillos donde las decisiones dejan de ser promesas para convertirse en expedientes, convenios, reglas de operación y gestión de recursos. Por eso resulta pertinente observar trayectorias antes que consignas.

Ricardo Madrid Pérez no representa solamente una biografía política; representa una manera distinta de entender el servicio público. Su historia comienza lejos de las oficinas donde suele incubarse el poder. Creció en el Infonavit CTM de Culiacán, en un entorno donde el trabajo tenía más valor que el discurso. Durante los veranos fue paquetero en la primera tienda Ley del sector Humaya. Jugó fútbol y béisbol entre calles donde la convivencia enseñaba algo que ninguna universidad puede otorgar: comprender la vida cotidiana de la gente.

Después llegaron las campañas, el brigadeo, los recorridos por los municipios, la administración pública desde posiciones técnicas y no desde privilegios. Más tarde vinieron los estudios especializados en la Ciudad de México y una ruta profesional que terminó llevándolo al corazón mismo de la administración federal.

Ese recorrido explica mucho más de lo que aparenta. Porque desde el ámbito federal conoció una verdad que pocos políticos estatales alcanzan a entender en toda su dimensión: los estados no solamente necesitan presupuesto; necesitan interlocutores capaces de abrir puertas donde otros únicamente encuentran paredes.

Gestionar recursos no consiste en extender la mano. Consiste en comprender la lógica del Estado mexicano. Consiste en conocer las reglas antes que los atajos. Consiste en construir confianza institucional para que las obras lleguen donde la sociedad las necesita.

Desde responsabilidades nacionales, Ricardo Madrid participó en esa compleja relación entre la Federación y las entidades federativas. Observó cómo nacen los programas, cómo se distribuyen los recursos y cómo una decisión tomada en una oficina de la capital puede transformar —o condenar— el desarrollo de un municipio sinaloense.

Esa experiencia no suele verse en los espectaculares, pero pesa mucho más que cualquier fotografía de campaña.

Hoy abundan quienes desean gobernar Sinaloa. Todos tienen derecho a aspirar. La democracia vive precisamente de esa pluralidad. Sin embargo, la igualdad de derechos no implica igualdad de trayectorias. Y cuando se revisa con seriedad la formación administrativa, la experiencia institucional y el conocimiento del funcionamiento federal, resulta difícil encontrar perfiles que hayan recorrido, con la misma amplitud, los distintos niveles del servicio público.

No es una afirmación para cancelar el mérito ajeno; es una invitación a elevar el estándar con el que evaluamos a quienes aspiran a conducir el destino de un estado.

Durante demasiado tiempo los ciudadanos hemos votado preguntándonos quién puede ganar. Tal vez llegó el momento de preguntar quién sabe gobernar.

Porque gobernar no es inaugurar obras. Es conseguir que las obras existan. No es cortar listones. Es abrir caminos. No es pronunciar discursos. Es convertir las palabras en presupuesto, el presupuesto en proyectos y los proyectos en bienestar.

Sinaloa necesita sensibilidad, sí, pero una sensibilidad que conozca el lenguaje de la administración pública. Necesita empatía, pero acompañada de eficacia. Necesita cercanía con la gente, pero también cercanía con los espacios donde se toman las decisiones que cambian la vida de esa misma gente.

La experiencia, por sí sola, no garantiza un buen gobierno. Sería una mentira afirmarlo. La ética, la visión, el carácter y la voluntad política siguen siendo indispensables. Pero la ausencia de experiencia casi siempre termina costándole muy caro a las sociedades.

Los pueblos pagan con años lo que los políticos improvisan en meses. Quizá por eso la discusión que viene no debería centrarse únicamente en nombres, colores o partidos. Debería concentrarse en una pregunta mucho más incómoda. ¿Quién entiende realmente cómo funciona el Estado mexicano?

GOTITAS DE AGUA:

El próximo gobernador no administrará una campaña. Administrará la esperanza de un alrededor de 3 millones de sinaloenses. Y la esperanza es demasiado valiosa para ponerla en manos de quien todavía necesita aprender el oficio.

El poder llega y se va. Los cargos terminan. Las campañas se olvidan. Pero el conocimiento permanece. Y cuando el ruido de la política se apaga, sólo queda aquello que ningún eslogan puede fabricar y ninguna encuesta puede regalar: la capacidad de gobernar.

Si cierran la puerta, apaguen la luz… Nos vemos mañana.

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