SOBRE EL CAMINO

Por. – Benjamín Bojórquez Olea.

El alfil mazatleco

Mientras los partidos cuentan posiciones, reparten candidaturas anticipadas y diseñan sucesiones desde los escritorios o tertulias acotadas, la sociedad comienza a construir sus propias referencias de liderazgo. Ahí, precisamente ahí, es donde suelen aparecer los personajes que pudieran alterar el tablero. Uno de ellos, sin duda, es Guillermo Romero Rodríguez.

No porque hoy exista una candidatura definida. Tampoco porque el 2027 tenga dueño. Mucho menos porque su nombre representa una victoria asegurada. La política no funciona con certezas; funciona con tendencias. Y las tendencias empiezan cuando un nombre deja de pertenecer exclusivamente a un partido para convertirse en tema permanente de conversación pública.

Existe una razón por la que Guillermo Romero incomoda a la izquierda. Nunca ha formado parte de su patrimonio político. Pero existe otra razón, todavía más importante, por la que también debería incomodar a la oposición: tampoco le pertenece. Su mayor activo no son las siglas. Es su autonomía.

En un tiempo donde buena parte de la clase política vive subordinada a las decisiones de las dirigencias, el empresario hotelero construyó un activo que vale más que cualquier nombramiento: credibilidad territorial. Esa clase de liderazgo no aparece durante una campaña; se acumula durante años de presencia constante, de relaciones sociales, de trabajo empresarial y de diálogo permanente con distintos sectores. Ese tipo de capital político no se improvisa. Se fabrica lentamente.

Por eso resulta un error reducir su análisis únicamente a una eventual candidatura por la alcaldía de Mazatlán. Su radio de influencia dejó de limitarse al puerto hace tiempo. Su nombre comenzó a circular donde realmente nacen las sucesiones: en las conversaciones políticas. Y cuando un nombre empieza a instalarse de manera natural en esas conversaciones, deja de depender de la propaganda.

Ha sobrevivido políticamente sin depender de un solo partido, ha conservado presencia pública sin ocupar un cargo y mantiene una estructura territorial que pocos pueden presumir fuera del aparato gubernamental. Eso no garantiza victorias, pero sí obliga a tomarlo en serio.

Nicolás Maquiavelo advertía que los gobernantes fracasan cuando interpretan el presente como una garantía del futuro. La historia terminó dándole la razón una y otra vez. Los sistemas políticos casi nunca caen porque aparezca un adversario extraordinario; caen porque dejan de mirar a quienes crecen silenciosamente mientras concentran toda su atención en los rivales tradicionales.

La sucesión gubernamental de 2027 será mucho más compleja que una disputa entre partidos. Será una confrontación entre estructuras oficiales y liderazgos con capacidad propia de movilización. Y ahí Guillermo Romero Rodríguez merece ser analizado con absoluta seriedad.

GOTITAS DE AGUA:

La política responsable exige reconocer los hechos incluso cuando contradicen nuestras preferencias. Y los hechos indican que ha logrado sobrevivir a campañas adversas, coyunturas electorales complejas y una competencia profundamente desigual. Pocos liderazgos pueden presumir esa resistencia sin ocupar un cargo público.

¿Qué tan grande será el costo para quienes sigan actuando como si Guillermo Romero Rodríguez no formara parte de la conversación rumbo a la gubernatura de Sinaloa en 2027? “Si cierran la puerta, apaguen la luz”. “Nos vemos mañana”…

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