Por. – Benjamín Bojórquez Olea.
El corazón del Capy Rivera
Una barda que puso de luto a todo Guamúchil menos a las autoridades locales. El pasado 20 de julio será recordado como una fecha histórica en nuestro municipio.
Existen tragedias que no sólo arrebatan vidas, también arrancan las máscaras del poder. La pérdida de tres niños en Salvador Alvarado dejó un vacío irreparable para sus familias y una herida que ninguna institución podrá cerrar. A sus padres les expreso mi solidaridad absoluta. No existe mayor devastación que la pérdida de un hijo. Ante un dolor de semejante magnitud, la política debería guardar silencio… o responder con humanidad.
Pero ocurrió algo todavía más inquietante. La tragedia terminó exhibiendo una crisis que trasciende la administración pública: la bancarrota moral de la sensibilidad institucional. Un gobierno puede justificar retrasos, limitaciones presupuestales o errores administrativos. Lo que jamás podrá justificar es su incapacidad para acompañar el sufrimiento de su pueblo cuando la vida se rompe en mil pedazos. Porque el poder que no sabe abrazar termina siendo un poder estéril.
Mientras Salvador Alvarado lloraba, la ausencia institucional por parte de las autoridades alvaradenses comenzó a pesar tanto como la propia tragedia. Y cuando eso sucede, el problema deja de ser político para convertirse en ético. Fue entonces cuando ocurrió el contraste que hoy merece quedar escrito. No llegó el alcalde que tenía la obligación política de estar. Llegó un alcalde que no tenía la obligación jurídica de hacerlo.
Alberto «El Capy» Rivera, presidente municipal de Angostura, cruzó los límites de su municipio para cruzar también los límites de la indiferencia. No llegó acompañado de discursos ni de cámaras. Llegó con algo infinitamente más escaso en la política contemporánea: decencia.
Las propias madres relatan que permaneció desde el primer momento; acompañó las labores de rescate, asumió los gastos funerarios de los tres menores, llevó alimentos al velorio y, sobre todo, nunca las abandonó. Un cóctel de humanidad.
No administró un presupuesto. Administró esperanza. No ejecutó un protocolo. Ejerció humanidad. Y esa diferencia es abismal. Las madres pronunciaron una frase que debería perseguir la conciencia de cualquier servidor público: «Fue un abrazo directo al alma.»
No existe encuesta capaz de producir semejante reconocimiento. No hay campaña de comunicación que pueda fabricar esa legitimidad. Ese tipo de gratitud sólo nace cuando la solidaridad deja de ser un discurso para convertirse en presencia.
Por eso, desde este espacio, expreso mi reconocimiento a Alberto «El Capy» Rivera. No para elevarlo a la categoría de héroe ni para absolverlo de las responsabilidades inherentes a todo gobernante, sino porque, en medio de una tragedia, comprendió la esencia del servicio público: antes que administrar territorios, hay que acompañar seres humanos.
La otra cara de esta historia resulta profundamente incómoda. Salvador Alvarado ya enfrentaba una acumulación de rezagos: infraestructura deteriorada, once meses sin servicios médicos de emergencia, inseguridad brutal, servicios públicos deficientes, problemas económicos y una creciente erosión de la confianza ciudadana. Hoy esa lista incorpora un deterioro todavía más grave: la percepción de una autoridad distante del dolor de su propia comunidad. Y cuando una sociedad comienza a sentir que sus gobernantes llegan después de la compasión, la crisis deja de medirse en indicadores; empieza a medirse en la pérdida de legitimidad.
GOTITAS DE AGUA:
La historia suele ser implacable. Olvida los presupuestos. Olvida los discursos. Olvida las inauguraciones. Pero jamás olvida quién apareció cuando todos los demás faltaron. Porque hay momentos en los que un abrazo vale más que un cargo.
Y hay tragedias que terminan revelando una verdad devastadora: el poder puede conferirse en las urnas, pero la autoridad moral sólo la concede la dignidad con la que se acompaña el dolor ajeno. “Si cierran la puerta, apaguen la luz”. “Nos vemos mañana”…
