SOBRE EL CAMINO

Por. – Benjamín Bojórquez Olea.

El menú profesional de Yobara Isa Salcedo Barreras

Durante demasiado tiempo, el sistema educativo confundió la autoridad con la rigidez. Se creyó que dirigir una escuela era imponer, sancionar, endurecer el carácter y levantar muros entre la oficina de la dirección y la realidad cotidiana del alumnado. Se olvidó que la educación no se administra únicamente con reglamentos; también se construye con sensibilidad, credibilidad y ejemplo. 

Esa confusión ha sido una de las grandes tragedias silenciosas del magisterio mexicano. Porque una institución no se deteriora de la noche a la mañana. Se desgasta cuando la burocracia desplaza a la vocación, cuando los intereses personales sustituyen al compromiso colectivo y cuando la indiferencia termina siendo más cómoda que la responsabilidad. Recuperar una escuela con una imagen golpeada exige mucho más que discursos institucionales: requiere liderazgo, paciencia y, sobre todo, la voluntad de asumir costos que otros prefirieron evitar.

Ese parece ser el desafío que ha enfrentado la ingeniera y maestra Yobara Isa Salcedo Barreras al asumir la dirección del CETis No. 107 de Culiacán. 

No recibió una institución sencilla. Heredó una comunidad marcada por interpretaciones negativas construidas durante administraciones anteriores, con inercias difíciles de romper y con una percepción pública que no se modifica únicamente cambiando nombres en la oficina principal. Cambiar la cultura de una institución siempre resulta más complejo que cambiar a quienes la administran. Sin embargo, existe una diferencia entre administrar una escuela y conducirla. 

La ética, entendida como el respeto irrestricto a los reglamentos y a la igualdad de trato, parece haberse convertido en el eje de su gestión. No como una herramienta de simulación administrativa, sino como un principio para recuperar la confianza de estudiantes, docentes y padres de familia. 

Quizá el mayor acierto de Yobara Isa no sea únicamente haber fortalecido la operación académica o impulsado mejoras institucionales y erradicar costumbres. Su principal logro parece encontrarse en algo mucho más complejo: volver a conectar a la escuela con las necesidades reales de quienes la habitan. 

Escuchar al estudiante no significa perder autoridad. Comprender a un docente no implica debilidad. Atender con respeto a los padres de familia no representa renunciar al orden institucional. Al contrario: significa entender que una comunidad educativa funciona mejor cuando todos sienten que forman parte de un mismo proyecto. 

Durante años se enseñó que la sensibilidad emocional debilitaba el liderazgo. La experiencia demuestra exactamente lo contrario. Las instituciones más sólidas suelen ser aquellas dirigidas por personas capaces de combinar disciplina con empatía, firmeza con humanidad y reglamento con sentido común. 

En un plantel con una demanda estudiantil considerable y con enormes desafíos administrativos, la gestión de Yobara Isa Salcedo Barreras parece haber encontrado un equilibrio poco común: mantener el orden sin perder la cercanía; aplicar las normas sin deshumanizar el trato; exigir resultados sin olvidar que detrás de cada expediente existe una persona. 

Con frecuencia se culpa exclusivamente al presupuesto, a las reformas educativas o a las decisiones centrales por los problemas que enfrentan las escuelas. Sin minimizar esos factores, también es cierto que el rumbo de una institución cambia cuando quien la dirige logra recuperar la confianza colectiva. 

GOTITAS DE AGUA:

Al final, la mayor autoridad no es la que inspira obediencia. Es la que despierta confianza. Y en tiempos donde abundan los cargos, pero escasean los liderazgos, esa diferencia vale mucho más que cualquier reconocimiento institucional. “Si cierran la puerta, apaguen la luz”. “Nos vemos mañana”…             

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