SOBRE EL CAMINO

Por Benjamín Bojórquez

El cadáver que todavía cobra

Hay partidos que sobreviven por sus ideas, otros por sus militantes y algunos, simplemente, porque todavía reciben dinero público.
Y aquí está la paradoja que debería incomodar a todos: en 2026, un año sin elección federal ordinaria, el Partido Revolucionario Institucional recibe cerca de mil millones de pesos solamente por concepto de financiamiento para actividades ordinarias permanentes. El INE le asignó exactamente 982 millones 462 mil 839 pesos, además de recursos para actividades específicas y otras prerrogativas.

Eso significa que el PRI recibe aproximadamente 81.9 millones de pesos mensuales de financiamiento ordinario. Aunque electoralmente se esté desmoronando.

Y entonces aparece la pregunta incómoda: ¿qué tanto interés existe en salvar al PRI y qué tanto interés existe en salvar el negocio que representa mantenerlo vivo? Porque una cosa es defender a un partido histórico y otra muy distinta es convertir su supervivencia en una forma de permanencia política y económica.

Alejandro “Alito” Moreno no necesita que el PRI vuelva a ser aquel monstruo electoral que durante décadas gobernó México. Le basta con que no muera.

Porque mientras tenga registro, conserve votos suficientes y mientras permanezca dentro del sistema de partidos, seguirá recibiendo prerrogativas. Y ahí está el verdadero negocio político. No necesariamente ganar, sino sobrevivir.

El propio esquema legal explica que el financiamiento ordinario se entrega mediante ministraciones mensuales. Para 2026, el PRI tiene programados más de 81 millones de pesos mensuales por ese concepto. Por eso resulta inevitable mirar lo que ocurre en los estados y preguntarse qué está defendiendo realmente la dirigencia nacional. Porque mientras Alito Moreno intenta mantener encendido el letrero del PRI, las piezas comienzan a abandonar el edificio.

Y Sinaloa es una verbigracia brutal.

Paola Gárate Valenzuela, una de las voces más críticas del priismo sinaloense, ha sido cortejada públicamente por el PAN desde principios de año. La dirigencia panista incluso reconoció acercamientos y ofrecimientos de candidaturas.

En julio del presente año, la legisladora priista todavía afirmaba que permanecería en el PRI después de una reunión con dirigentes panistas. Pero la política no se mide únicamente por las declaraciones de un día. Se mide por los movimientos. Por las señales. Por las puertas que se abren. Y por los barcos que comienzan a quedarse sin pasajeros.

Porque cuando una figura con trayectoria, con capital político propio y con aspiraciones decide mirar hacia otra plataforma, el problema no es solamente que alguien cambie de partido.

Paola Gárate conoce al PRI desde dentro. No llegó ayer. No es una improvisada. Fue dirigente estatal y ha construido buena parte de su trayectoria dentro del tricolor.

Por eso, si finalmente decide abandonar ese partido para buscar otra ruta rumbo a 2027, la pregunta no debería ser únicamente por qué se va Paola.

¿Qué encontró Paola en el PRI que le hizo pensar que ahí ya no estaba su futuro?

Porque en política nadie abandona un barco que considera navegable cuando cree que todavía tiene posibilidades reales de llegar al puerto. Se abandona cuando el capitán perdió el rumbo. Cuando la tripulación dejó de creer. Cuando el mapa dejó de coincidir con el destino. Y cuando otro barco, aunque sea pequeño, parece ofrecer una posibilidad distinta de llegar.

El PAN tampoco está precisamente en condiciones de presumir músculo.

Pero para alguien que aspira a competir por la gubernatura en 2027, puede representar una plataforma distinta, particularmente si la oposición termina construyendo una candidatura común. Y ahí está la ironía:

El PRI conserva cientos de millones de pesos, pero pierde lo que ningún cheque puede comprar: confianza política.

Ese es el verdadero problema de Alito Moreno. Puede conservar prerrogativas Puede mantener estructuras .Puede organizar conferencias. Puede denunciar con los gringos al partido en el poder. Puede proclamarse como el gran defensor de la oposición. Pero hay algo que no puede ordenar mediante un oficio del Comité Ejecutivo Nacional: que la gente vuelva a creer en el PRI. Y mucho menos puede impedir que sus propios cuadros comiencen a buscar salidas.

El PRI de hoy parece estar atrapado en una contradicción histórica. Tiene dinero, pero no tiene la fuerza electoral de antes. Tiene registro, pero perdió buena parte de su hegemonía.Tiene estructura, pero cada vez menos capacidad de convocatoria. Tiene dirigentes, pero no necesariamente tiene proyecto. Y mientras tanto, el reloj de las prerrogativas sigue corriendo.

Eso es lo verdaderamente impactante. Porque si el PRI fuera solamente un partido agonizante, la historia sería triste.

Pero cuando un partido agonizante recibe casi mil millones de pesos anuales para mantenerse en pie, la discusión deja de ser únicamente electoral. Se convierte también en una discusión sobre el diseño de nuestro sistema político.

¿Estamos financiando la democracia? ¿O estamos financiando la supervivencia artificial de organizaciones que ya no representan lo que alguna vez representaron?

Y ojo: esto no es un argumento contra el financiamiento público de los partidos. Es un argumento contra la perversión de su finalidad.

El financiamiento público tiene una razón de ser: evitar que la política quede secuestrada por grandes intereses privados y garantizar condiciones mínimas de competencia. Pero cuando una dirigencia parece más preocupada por conservar la estructura que por reconstruir el proyecto, el ciudadano tiene derecho a preguntar: ¿para quién se está manteniendo vivo al partido?

Porque quizá el PRI ya no sea una maquinaria para conquistar el poder. Quizá se haya convertido en una maquinaria para administrar la supervivencia. Y ahí Alito Moreno tiene un problema monumental.

Porque mientras él puede decir que está defendiendo al PRI, sus cuadros pueden estar diciendo algo completamente distinto con los pies. Se van buscando otras opciones, exploran otras alianzas y miran hacia 2027.

GOTITAS DE AGUA:

El PRI puede seguir cobrando, puede seguir existiendo, puede seguir recibiendo subsidios, pero una cosa es estar vivo jurídicamente y otra muy distinta estar vivo políticamente.

Un cadáver también puede conservar el nombre. Lo difícil es convencer a alguien de que todavía tiene alma. Y quizá esa sea la verdadera tragedia del PRI: Alito Moreno está intentando mantener vivo al partido el mayor tiempo posible, mientras sus propios cuadros comienzan a buscar otras opciones.

El PRI recibe dinero para sobrevivir. Sus políticos buscan dónde sobrevivir ellos. Y entre ambas cosas existe una diferencia abismal. Una cosa es salvar al partido. Otra, muy distinta, es salvar el negocio personal de Alejandro Alito Moreno.

“Si cierran la puerta, apaguen la luz”. “Nos vemos mañana”…

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