Por. – Benjamín Bojórquez Olea.
El árbol de la izquierda necesita regresar a sus raíces
En política, las amistades verdaderas no se fabrican en temporada electoral. Se construyen cuando no hay candidaturas, cuando no existen cargos que repartir y cuando caminar por la izquierda todavía significaba pagar costos.
Ahí está la historia de Imelda Castro y Ambrocio Chávez.
No son políticos que se hayan conocido ayer al amparo de la Cuarta Transformación. Son compañeros de una lucha que comenzó mucho antes de que Morena llegara al poder y de que ser de izquierda se convirtiera, para algunos, en una rentable etiqueta electoral.
Porque en Salvador Alvarado comienza a abrirse una discusión que va mucho más allá de un nombre: ¿quién representa realmente a la izquierda en el municipio?
Ambrocio Chávez tiene algo que ningún posicionamiento coyuntural puede regalarle: historia. Por supuesto existen más hombres y mujeres con esa misma identidad de lucha, pero actualmente es el más rentable.
Su cercanía y respeto con Imelda Castro no solamente hablan de una relación política de muchos años. Hablan de coincidencias ideológicas, de causas compartidas y de una trayectoria que no nació cuando aparecieron las urnas.
Pero tampoco hay que confundirse. La amistad no sustituye la capacidad. El respaldo político no reemplaza los resultados. Y la trayectoria no concede cheques en blanco.
Si Ambrocio Chávez pretende encabezar el futuro de Salvador Alvarado, tendrá que demostrar que esa izquierda que ha defendido durante años puede convertirse en gobierno eficiente, incluyente y cercano a la gente.
Porque Salvador Alvarado tampoco necesita otra monarquía política. Necesita romper con la idea de que los municipios pertenecen a grupos, familias o coyunturas.
Y si Morena quiere seguir hablando de transformación, tendrá que demostrar que puede poner al frente de los gobiernos a quienes construyeron el movimiento antes de que gobernarlo fuera rentable.
Ahí está el verdadero valor político de Ambrocio Chávez. No es un aerolito. No apareció de repente. No descubrió a la izquierda cuando la izquierda llegó al poder. Ya estaba ahí. Y quizá esa sea precisamente la discusión que algunos quisieran evitar.
Porque cuando llega la hora de decidir quién debe representar un proyecto, también llega la hora de distinguir entre quienes tienen raíces y quienes solamente tienen oportunidad.
Imelda Castro y Ambrocio Chávez llevan muchos años caminando por el mismo sendero.
Ahora la pregunta no es si existe una amistad profunda entre ellos. ¿Está Salvador Alvarado preparado para que el poder deje de ser herencia de las circunstancias y se convierta en consecuencia de una trayectoria?
Al final, los cargos pasan. Las alianzas cambian. Los partidos se transforman. Pero hay algo que la política no debería olvidar: la izquierda que se construyó cuando nadie apostaba por ella tiene más autoridad moral que aquella que apareció cuando ya había poder que repartir.
GOTITAS DE AGUA:
Si Ambrocio Chávez quiere gobernar Salvador Alvarado, tendrá que demostrar que su historia no solamente sirve para pedir el voto. Sirve, sobre todo, para saber qué hará con el poder cuando finalmente lo tenga.
Porque si después de tantos años de luchar por la izquierda el resultado termina siendo otro gobierno que se comporta como monarquía, entonces la transformación habrá cambiado de nombre… pero no de dueño.
“Si cierran la puerta, apaguen la luz”. “Nos vemos mañana”…
