Por. – Benjamín Bojórquez Olea.
Salvador Alvarado no necesita dueños, necesita rumbo
A poco más de 100 kilómetros de Culiacán, en el corazón de los Once Ríos, existe una tierra que aprendió a sobrevivir entre amistades, familias, lealtades y acuerdos políticos: Salvador Alvarado, la llamada “Tierra Santa”, la tierra adoptiva de Pedro Infante.
Durante décadas, el municipio ha quedado atrapado en una lógica política donde muchas veces pareciera importar más quién protege a quién qué quién resuelve qué. Y cuando la política se convierte en una red de complicidades, el municipio termina pagando la factura.
Hoy Salvador Alvarado no necesita experimentos de laboratorio, discursos populistas ni candidaturas construidas exclusivamente desde la fotografía, la popularidad o el apellido. Necesita capacidad de gestión, relaciones, diálogo, conocimiento técnico y visión de Estado.
Napoleón Bonaparte entendió que ganar una batalla no dependía solamente del valor de sus soldados, sino de la capacidad de leer el terreno. Y Abraham Lincoln demostró que gobernar una nación fracturada exigía algo todavía más complejo: sentarse a dialogar incluso con quienes pensaban distinto.
Salvador Alvarado necesita precisamente eso: alguien que conozca el terreno, que sepa tocar puertas y que pueda sentarse con distintos actores para conseguir resultados.
En ese escenario aparece, nos guste o no, Ambrocio Chávez.
No como un personaje perfecto —porque ningún político serio debería pretender serlo—, sino como una pieza que reúne algo que hoy resulta particularmente valioso: relaciones políticas, capacidad de diálogo, experiencia y posibilidades de gestión ante el estado y la federación.
Pero también aquí está el reto. Ambrocio no puede conformarse con administrar las ventajas que posee. Tiene que ser más enfático, más empático y mucho más incisivo frente a los problemas reales de la gente.
Porque Salvador Alvarado no necesita solamente un político que sepa gestionar recursos; necesita alguien que entienda para qué quiere esos recursos.
Empleo, seguridad, salud, educación, servicios públicos, infraestructura, inversión y oportunidades no se resuelven con discursos. Se resuelven con estrategia, presupuesto, coordinación y capacidad para convertir el “no se puede” en un “vamos a encontrar cómo hacerlo”.
La política puede ser ideológica, pero el gobierno debe ser eficaz. No importa demasiado de qué color sea la mano que pavimenta una calle, atraiga una inversión o resuelva un problema de agua. Lo que importa es que lo haga.
El verdadero desafío de Ambrocio Chávez tampoco será únicamente competir electoralmente. Será reconstruir la credibilidad de un movimiento que ha sufrido desgaste por las decisiones de sus propios gobiernos.
La sombra política de Armando Camacho Aguilar y Lupita de Camacho, así como la pretensión de continuidad alrededor de Martín Camacho, representa para Morena un problema que no puede ignorarse: cuando un proyecto político empieza a parecer patrimonio de una familia, la ciudadanía inevitablemente comienza a preguntarse si se gobierna para la sociedad o para conservar posiciones.
Por eso Ambrocio Chávez tendría que hacer algo que pocos políticos se atreven a hacer: reconocer lo que su propio partido ha hecho mal. Porque la autocrítica no debilita al político inteligente; lo fortalece.
Winston Churchill decía que el éxito no es definitivo y el fracaso no es fatal, lo que cuenta es el valor para continuar. En Salvador Alvarado, ese valor tendría que traducirse en corregir el rumbo antes de que el desgaste se convierta en costumbre.
Y si Ambrocio Chávez quiere convertirse en la alternativa que hoy parece necesitar Salvador Alvarado, tendrá que demostrar que sus relaciones no son solamente para conseguir posiciones, sino para conseguir resultados; que su diálogo no es simulación, sino herramienta; que su experiencia no es currículum, sino capacidad; y que su visión no termina en una boleta electoral.
Salvador Alvarado lleva demasiado tiempo esperando que alguien deje de cuidar las espaldas de la política y empiece a cuidar de verdad las espaldas de la gente.
Tal vez el siguiente paso no sea buscar al político más popular. Tal vez sea encontrar al que tenga la capacidad de abrir puertas, construir acuerdos y convertirlos en resultados.
GOTITAS DE AGUA:
Hoy dentro del tablero político alvaradense, Ambrocio Chávez tiene una ventaja que no todos pueden presumir: conoce el terreno, tiene interlocución y posee las herramientas para intentarlo. Sin duda, una aldea que ya no puede darse el lujo de equivocarse. “Si cierran la puerta, apaguen la luz”. “Nos vemos mañana”…
