Por. – Benjamín Bojórquez Olea.
“Nadie roba en la UAS”… ¿o nadie quiere mirar?
Ya es suficiente que la política partidista y órdenes de gobierno estén por encima de los propios intereses autónomos de la máxima casa de estudios de Sinaloa, incluyendo a su entregado sindicato y a sus propios directivos universitarios. Para que tanto harakiri. El reclamo de los jubilados de la Universidad Autónoma de Sinaloa (UAS) es tan legítimo como incómodo para quienes han administrado —y depredado— a la institución durante décadas. Cuando se acusa a los trabajadores en retiro de ser responsables del quebranto financiero, lo que realmente se está haciendo es intentar desviar la atención del verdadero problema: una estructura universitaria inflada, clientelar y corroída por la corrupción.
Si el rector Jesús Madueña Molina quisiera hablar con autoridad moral, lo primero que tendría que hacer no es señalar, sino recortar: reducir entre 800 y 1,000 plazas de confianza que representan un gasto desmedido, es decir; ajustar los salarios exorbitantes de los directivos y achicar el dispendio en consumibles y servicios que operan bajo esquemas poco transparentes. Pero claro, pedir eso es como pedirle peras al olmo.
La realidad es que la UAS no es un oasis en medio del desierto nacional de la corrupción. Al contrario: en un país que, según Transparencia Mexicana (2024), ocupa el lugar 140 de 180 en el índice global de corrupción, con apenas 26 puntos de 100 posibles, resulta hasta ingenuo pensar que la “Casa Rosalina” se salva de esa podredumbre. Quienes dirigen la UAS se han presentado como distintos, como guardianes de un supuesto proyecto académico y social. Pero los hechos los delatan: desde hace más de dos décadas, las auditorías internas son un ritual vacío en el que jamás se fincan responsabilidades a nadie. Una maquinaria de complicidades bien aceitada para mantener el poder a costa de la institución. Peor aún, como un botín político indómito.
“Nadie roba en la UAS”, se dice con ironía. Y el eco de esa frase retumba con la misma incredulidad que cuando un político se declara “pobre pero honrado”. ¿De verdad alguien lo cree?
La universidad que presume formar ciudadanos críticos y comprometidos con la sociedad, es la misma que rehúye mirarse al espejo. Porque hacerlo significa reconocer que ha normalizado el saqueo, la simulación y la impunidad. Y sin esa autocrítica, ningún rector tiene derecho a exigir sacrificios a jubilados, maestros o estudiantes. La autoridad moral no se predica: se demuestra con actos concretos de austeridad, transparencia y rendición de cuentas.
Al final, la UAS no está en crisis solo por falta de dinero. Está en crisis porque perdió el rumbo ético, porque sus élites han confundido la institución con un botín de guerra. Mientras no se entienda esto, cada discurso del rector será un sermón vacío, una cáscara hueca que esconde la incapacidad de gobernar con honestidad.
GOTITAS DE AGUA:
La pregunta es simple pero brutal: ¿cuánto tiempo más podrá sostenerse esta farsa antes de que la propia comunidad universitaria, cansada de ser utilizada como escudo, decida que ya no basta con reclamar… sino con exigir cuentas reales? “Si cierran la puerta, apaguen la luz”. “Nos vemos el lunes”…
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OV El Analista: https://ovelanalista.com/columna-sobre-el-camino/
