SOBRE EL CAMINO

Por. – Benjamín Bojórquez Olea.

El refugio donde muere el pensamiento…

Reducir la política a un duelo primitivo entre derecha e izquierda es una mutilación conceptual tan cómoda como peligrosa. Es un acto casi infantil de simplificación que pretende encerrar en dos frascos —orden y caos, progreso y retroceso, bondad y maldad— la complejidad moral, histórica y estructural de nuestras sociedades. Y lo grave es que esa falsa dicotomía no sólo empobrece el debate público: distorsiona nuestra comprensión de la realidad y nos predispone al fanatismo.

La pregunta es inevitable: ¿participar en una marcha contra la violencia criminal —como la que brota por el asesinato del alcalde Carlos Manzo en Uruapan— es un acto de izquierda o de derecha? La sola interrogante revela el absurdo de estas etiquetas cuando intentan aprisionar fenómenos profundamente humanos, transversales y urgentes. ¿Desde cuándo la indignación ante el asesinato de un servidor público tiene ideología? ¿En qué momento el reclamo por seguridad se volvió un patrimonio político y no un derecho elemental?

El filósofo Amos Oz decía que el fanático es incapaz de contar hasta dos. En la política contemporánea, pareciera que incluso llegar a dos ya se considera un acto de sofisticación: una proeza para quienes viven instalados en el “nosotros” perfecto y el “ellos” maligno. Pero la política del siglo XXI exige mucho más que esa geometría moral de guardería.

La propuesta de analizar la política desde tres grandes tradiciones —liberalismo, socialismo y conservadurismo— parece más sensata, pero aun así insuficiente. La razón es simple: las fronteras ya no existen, y las identidades se entrelazan con la complejidad de un organismo vivo.

El liberal que clama por la protección del individuo pronto descubre que la desigualdad real impide que esa libertad florezca. Necesita, le guste o no, beber del pozo socialista. El socialista que sueña con la igualdad universal debe admitir que ciertos remedios crearon monstruos estatales que asfixiaron la libertad que juraban defender. Debe aprender del liberalismo.

Y el conservador —entendido no como fósil ideológico, sino como analista serio de las estructuras profundas de una sociedad— sabe que nada cambia de un plumazo, pero también que todo cambio es inevitable y necesario.

Tres visiones, tres límites, tres verdades parciales. El mundo político real es una alquimia, una intersección enmarañada donde nadie tiene el monopolio de la verdad ni de la virtud.

Es el caldo perfecto para caudillos, propagandistas y demagogos que necesitan dividir para gobernar. Y es, también, el refugio emocional de ciudadanos cansados, frustrados o temerosos que encuentran alivio en reducir el mundo a dos bandos: los buenos y los malos, los patriotas y los traidores, los iluminados y los dormidos.

GOTITAS DE AGUA:

Quien insista en describir los problemas contemporáneos con etiquetas de dos colores no sólo simplifica: falsifica. Y si esa falsificación le produce dividendos políticos, entonces ya no estamos hablando de pensamiento, sino de manipulación.

La pregunta que queda flotando es la más dura, la más reveladora, la más honesta: ¿Queremos comprender la política… o sólo queremos sobrevivir en nuestra trinchera mental? Porque lo primero requiere valentía; lo segundo, apenas obediencia. “Si cierran la puerta, apaguen la luz”. “Nos vemos el lunes”…                             

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