Por. – Benjamín Bojórquez Olea.
El voto en camilla y la ética en terapia intensiva
Hay momentos en la vida de una universidad en los que la política deja de ser un ejercicio de representación y se transforma en un espectáculo incómodo de ambición desnuda. Momentos en los que el poder deja de ser instrumento colectivo y pasa a convertirse en una obsesión personal. Y cuando eso ocurre, lo primero que se sacrifica no es el reglamento… es la dignidad.
Lo ocurrido ayer durante el inicio de la votación sindical para elegir al nuevo secretario general del SUTAAUAO en la Unidad Regional de Culiacán no debería ser visto como una simple anécdota electoral. Es algo mucho más inquietante: el retrato de hasta dónde puede degradarse una contienda cuando el poder se vuelve una adicción.
Los números, en apariencia, parecen claros. La Planilla Roja obtuvo 156 votos contra 83 de la Planilla Verde en esta primera cita con las urnas. Pero las cifras, por sí solas, no cuentan la historia completa. Porque mientras algunos celebraban esa ventaja, alrededor de 70 trabajadores fueron privados de su derecho al voto con el argumento de que el padrón —extraído desde diciembre de 2025— no estaba actualizado.
Una paradoja tan conveniente como peligrosa: el padrón existe, pero no reconoce a quienes hoy forman parte de la base. Y cuando el padrón deja de representar a la comunidad, lo que se vota ya no es una elección… Es una simulación. La convocatoria lo permitió, dicen algunos. Pero la historia política está llena de injusticias que también fueron “legales”.
Lo verdaderamente perturbador, sin embargo, no es la manipulación administrativa. Es el nivel de desesperación política que parece haberse instalado en quienes orbitan alrededor de la estructura de poder de Raúl Portillo Molina y su apuesta electoral, Carlos Leal.
Porque cuando la política pierde el equilibrio moral, aparecen escenas que parecen sacadas de una tragicomedia. Sacar a un trabajador enfermo de un hospital para llevarlo a votar no es estrategia electoral. Es una señal de degradación ética.
Mover boletas y urnas hacia una ambulancia o hacia una habitación médica no es un acto de democracia itinerante. Es el síntoma de un miedo profundo. Miedo a perder. Porque los proyectos políticos que confían en su legitimidad ganan votos en las urnas, no en camillas.
El caso del docente Óscar Fidel Escobar García se vuelve, tristemente, el símbolo más doloroso de esta jornada. Convertir a un enfermo en un voto no es una victoria política. Es una derrota moral.
Más inquietante aún resulta el papel que, según diversos testimonios, habría asumido el presidente de la Comisión Electoral, el Dr. Marco César Ojeda, aparentemente dispuesto a facilitar el sufragio desde la propia ambulancia. La escena es grotesca: funcionarios electorales improvisando urnas móviles mientras la ética institucional se desploma en silencio.
Pero detrás de todo este teatro electoral hay algo mucho más profundo que una elección sindical. Hay temor. Temor a que la Planilla Verde gane y comience a abrir cajones que durante años han permanecido cerrados. Cajones donde habitan preguntas incómodas. Preguntas como el destino de 5.3 millones de pesos destinados a vivienda, recursos que siguen flotando en una bruma de explicaciones incompletas. Y cuando una elección amenaza con abrir cajones, quienes guardan las llaves suelen ponerse nerviosos.
Por eso tampoco sorprende la decisión de excluir al Centro de Conciliación y Arbitraje del proceso electoral. Sin una autoridad laboral institucional que observe el proceso, el terreno queda abierto para interpretaciones flexibles y maniobras discretas. Sí, hubo notarios en las casillas, pero todos saben que un notario no sustituye a un árbitro laboral. Es como colocar una curita en una herida que necesita cirugía.
El problema, en realidad, ya no es únicamente electoral. Es estructural. Cuando una dirigencia sindical comienza a comportarse como si el sindicato fuera un botín, la política deja de servir a los trabajadores y comienza a servir a quienes administran la caja.
Y ahí es donde la historia política vuelve a hablarnos. Desde Aristóteles hasta Hannah Arendt hay una advertencia constante: cuando el poder se separa de la ética, deja de ser autoridad y se convierte en dominación. Y la dominación, tarde o temprano, siempre genera resistencia. Por eso el verdadero riesgo de esta elección no está únicamente en las urnas. Está en lo que puede venir después.
Cuando el miedo domina a una estructura política, el siguiente paso suele ser el caos: boletas infladas, votaciones saboteadas o procesos que se incendian antes de aceptar una derrota. No sería la primera vez que una elección sindical termina en cenizas para evitar entregar el cofre. Porque eso es lo que parece estar en juego. Un tesoro. Un tesoro que durante años ha sido administrado con discrecionalidad. Un tesoro que ha creado guardianes obsesivos dispuestos a todo con tal de no soltar la llave.
Pero hay algo que quienes se aferran al poder suelen olvidar. Las universidades no son feudos. Son espacios de conciencia crítica. Y cuando una comunidad universitaria comienza a observar cómo la dignidad de sus propios trabajadores se pone en riesgo por un voto, algo profundo empieza a moverse en la conciencia colectiva. Porque las instituciones no mueren cuando pierden elecciones. Mueren cuando pierden la vergüenza.
GOTITAS DE AGUA:
La pregunta final ya no es quién ganará esta elección.
La pregunta verdaderamente importante es otra:
¿Qué clase de sindicato quedará después de todo esto? Porque cuando el voto pierde el alma, la democracia se vuelve un simple trámite… y la institución, lentamente, comienza a perder su dignidad. “Si cierran la puerta, apaguen la luz”. “Nos vemos mañana”…
