SOBRE EL CAMINO


Por. – Benjamín Bojórquez Olea.

La toga no abraza multitudes

Hay una vieja ilusión que seduce a buena parte de la clase política mexicana: creer que el mejor gobernante es quien mejor conoce las leyes. La historia demuestra que no son pocos los abogados que han ocupado la silla más importante de Sinaloa. Basta revisar las biografías de quienes han ejercido el poder para descubrir que el derecho ha sido, durante décadas, la carrera favorita para llegar al gobierno.

Pero quizá la pregunta nunca debió ser cuántos abogados han gobernado nuestro estado sinaloense. La verdadera pregunta es cuántos lograron entender que gobernar nunca ha sido un litigio.

El derecho y la política comparten territorio, pero no hablan exactamente el mismo idioma. El derecho persigue certezas. La política administra incertidumbres. El derecho necesita pruebas. La política necesita confianza. El derecho encuentra respuestas en los códigos. La sociedad las exige en los resultados.

En ese punto aparece María Teresa Guerra Ochoa, una de las figuras que inevitablemente forman parte de la conversación sobre la sucesión de Morena en Sinaloa rumbo a 2027.

Su trayectoria explica buena parte de su personalidad pública. Ser jurisconsulta no solamente le permitió construir una carrera profesional; también le dio una estructura mental distinta para interpretar la realidad. Analiza, argumenta, prevé escenarios y calcula los efectos de cada palabra. No improvisa con facilidad porque fue formada para sostener cada afirmación sobre fundamentos. En pocas palabras, sabe instalarse en la conversación.

Esa disciplina le ha dado firmeza, además le ha dado carácter. Pero ninguna virtud está exenta de convertirse, si no se administra, en su propio límite.

Hay momentos en que su lenguaje adquiere una complejidad que parece innecesaria. No por falta de claridad intelectual, sino porque el discurso jurídico suele enamorarse de sí mismo. Se vuelve barroco, denso y excesivamente técnico para explicar asuntos que el ciudadano quisiera comprender sin necesidad de un diccionario legal.

Y ahí aparece una paradoja fascinante. Mientras más elaborado es el discurso, menos cercano puede sentirse. La inteligencia nunca debería medirse por la cantidad de palabras difíciles que utiliza una persona. La inteligencia política consiste en transformar lo complejo en comprensible.

Albert Einstein decía que, si no puedes explicar algo de manera sencilla, probablemente no lo entiendas lo suficiente. La política exige precisamente ese ejercicio de humildad intelectual: hablar para ser entendido, no para ser admirado.

Eso no significa que (Tere) Guerra no sepa comunicar. Al contrario. Ha demostrado que sabe instalar temas, provocar discusión y permanecer en la agenda pública. Entiende que, en política, desaparecer de la conversación es comenzar a desaparecer del poder. Sin embargo, muchas veces transmite la impresión de querer convencer como abogada antes que conectar como política.

GOTITAS DE AGUA:

Ahí reside, probablemente, el mayor desafío de (Tere) Guerra si aspira a encabezar un proyecto de gobierno. No basta con dominar el derecho. Hace falta dominar el lenguaje de las emociones públicas.

Si cierran la puerta, apaguen la luz… Nos vemos mañana.

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