SOBRE EL CAMINO

Por. – Benjamín Bojórquez Olea.

¿Cómo te sientes PRI?

Hay una diferencia enorme entre construir un Estado y construir una costumbre. Los gobiernos pasan; las costumbres permanecen. Y si existe una herencia que México no ha logrado sepultar es la normalización de la corrupción.

La corrupción es corrupción, venga de donde venga. No distingue colores partidistas, ideologías ni discursos de campaña. Se manifiesta con el mismo rostro cuando un funcionario vende su conciencia, cuando un empresario compra privilegios, cuando un ciudadano acepta el soborno como si fuera un trámite o cuando una sociedad decide callar porque «así siempre ha sido». En mayor o menor medida, todos la hemos visto, la hemos padecido o hemos terminado siendo espectadores silenciosos de su expansión.

Pero sería intelectualmente deshonesto negar que hubo un partido que convirtió esa práctica en la columna vertebral del sistema político mexicano. El PRI no inventó la corrupción, porque ésta existe desde que existe el poder. Sin embargo, sí la institucionalizó durante décadas hasta volverla un mecanismo cotidiano del ejercicio gubernamental. La transformó en una regla no escrita, en el aceite que mantenía funcionando la maquinaria del régimen.

Montesquieu advertía que «todo hombre que tiene poder se inclina a abusar de él». El problema mexicano fue que ese abuso dejó de ser una excepción para convertirse en método. La corrupción dejó de escandalizar porque comenzó a administrarse. Se volvió una forma de gobernar.

Sin embargo, ni siquiera el inmenso poder que llegó a concentrar el viejo régimen pudo proteger eternamente a todos los suyos. La historia está llena de gobernadores procesados, funcionarios encarcelados, líderes abandonados por el propio sistema que antes los había convertido en intocables. El poder siempre encuentra la manera de sacrificar a algunos para intentar preservar al conjunto.

Esa es quizá la tragedia más profunda del PRI: haber construido un modelo político tan eficaz para conservar el poder como devastador para conservar la confianza ciudadana. Perdió mucho antes de perder las elecciones. Perdió cuando dejó de ser sinónimo de estabilidad para convertirse en sinónimo de impunidad.

Aristóteles sostenía que las ciudades no caen únicamente por la pobreza o por la guerra, sino cuando la justicia deja de ser el principio rector de quienes gobiernan. Esa sentencia parece escrita para la política mexicana.

Hoy, la oposición vive una crisis que va mucho más allá de los resultados electorales. Su verdadero problema es moral. Carece de autoridad para denunciar aquello que durante décadas permitió, protegió o incluso perfeccionó. No basta con cambiar de dirigentes cuando el pasado continúa respirando detrás de cada discurso.

Porque el verdadero vencedor no fue un partido; fue la cultura política que aprendió a sobrevivir cambiando únicamente de uniforme. Cambiaron los colores. Cambiaron los slogans. Cambiaron los discursos. Lo que muchas veces permanece es la tentación del poder sin contrapesos, del clientelismo, del culto al líder y de la utilización del aparato público como instrumento político.

Ahí radica la mayor paradoja nacional. El PRI perdió la Presidencia, pero muchas de las prácticas que sembró continúan germinando bajo nuevas administraciones. La corrupción terminó siendo menos una ideología que una cultura de gobierno.

Nicolás Maquiavelo escribió que los pueblos olvidan antes la muerte de un padre que la pérdida de su patrimonio. En México pareciera ocurrir lo contrario: olvidamos con demasiada facilidad quién construyó el sistema que permitió saquear el patrimonio público durante generaciones.

La oposición no entiende por qué permanece atrapada en una fosa política excavada por ella misma. La respuesta es sencilla: nadie puede reclamar credibilidad mientras siga defendiendo las ruinas de un modelo que la ciudadanía decidió castigar hace años.

Y, al mismo tiempo, el poder actual tampoco puede asumir que la legitimidad electoral constituye un certificado permanente de honestidad. En democracia nadie queda exento del escrutinio público. La confianza se renueva todos los días o se pierde todos los días.

GOTITAS DE AGUA:

México necesita comprender que el problema nunca ha sido exclusivamente el PRI, Morena, el PAN o cualquier otra fuerza política. El verdadero enemigo es una cultura que convirtió al servicio público en patrimonio de grupos, de intereses y de lealtades personales por encima de la ley.

Por eso el futuro difícilmente puede construirse reciclando a los mismos protagonistas con distintos logotipos. La renovación no consiste únicamente en cambiar partidos; consiste en cambiar la manera de entender el poder.

Porque mientras la política siga siendo administrada como un patrimonio privado y no como una responsabilidad pública, el país continuará caminando sobre el mismo pantano, aunque cada sexenio alguien le cambie el nombre al lodazal.

“Si cierran la puerta, apaguen la luz”. “Nos vemos mañana”…

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