Por. – Benjamín Bojórquez Olea.
Los desafíos de Graciela
En Sinaloa hay una nueva costumbre política que empieza a parecerse demasiado a un deporte de élite: juzgar a la gobernadora interina Graciela Domínguez Nava antes de darle siquiera tiempo para gobernar.
En algunos círculos de la capital, entre clubes sociales, escuelas privadas y reuniones donde el apellido suele pesar más que el argumento, ya circula el veredicto: que Graciela obedecerá a Rubén Rocha Moya, que no tiene el perfil de las élites y que su llegada al tercer piso representa una amenaza para la comodidad política de quienes durante años han creído tener una especie de derecho natural sobre el rumbo de Sinaloa.
El problema es que confundir origen social con capacidad política también es una forma de clasismo.
Graciela viene del municipio sureño del Rosario. Su estilo no pertenece a la liturgia de los grandes salones ni necesita disfrazarse de empresaria, científica o tecnócrata para acreditar su legitimidad. Su manera de hacer política es distinta: más territorial, más sencilla y, al menos en el discurso inicial, más cercana a la gente.
Graciela Domínguez no merece una defensa anticipada. Merece una evaluación seria. Porque gobernar Sinaloa no es una cuestión de estética, procedencia ni simpatías. Tampoco basta con caminar por las colonias, estrechar manos o construir una narrativa de cercanía.
Gobernar es resolver. Y ahí estará la verdadera prueba del ácido.
Su interinato tiene un horizonte limitado y una tarea políticamente compleja: recuperar estabilidad, seguridad, reconstruir interlocuciones y evitar que el gobierno se convierta en rehén de las disputas que dejó el episodio anterior.
Pero para lograrlo necesitará algo más que voluntad. Necesita un equipo eficaz. Y aquí aparece una de las primeras señales de alerta.
En los círculos cercanos a la nueva administración se habla de desorden interno, falta de coordinación y funcionarios que no terminan de dar resultados. Algunos incluso podrían convertirse en un problema mayor que la oposición. Eso se palpa, Graciela tiene que actuar pronto.
Porque una gobernadora puede equivocarse y corregir; lo que no puede permitirse es conservar funcionarios que se conviertan en lastre por lealtades personales, cuotas políticas o simple incapacidad.
No para gobernar conforme al gusto de las élites económicas, sociales o políticas, sino para entender que ningún gobierno puede darse el lujo de despreciar a quienes generan inversión, empleos, educación, servicios y buena parte de la dinámica económica del estado.
La interlocución con el sector privado no significa rendirse ante los de arriba. Significa gobernar para todos. Porque el verdadero desafío de Graciela Domínguez no es demostrar que puede gobernar sin las élites. Es demostrar que puede gobernar sin depender de ellas y sin confrontarlas innecesariamente. Ahí está la diferencia entre autoridad y arrogancia.
Sinaloa necesita un gobierno que escuche a los empresarios, pero también al comerciante de barrio; que atienda a las instituciones educativas privadas, pero que no olvide las escuelas públicas; que dialogue con quienes tienen influencia, pero que no confunda influencia con representación social.
Una oportunidad para que una mujer proveniente del sur del estado demuestre que el poder de Sinaloa no pertenece exclusivamente a los apellidos de siempre, ni a los círculos de siempre, ni a las mesas donde algunos acostumbran decidir quién merece gobernar y quién no.
GOTITAS DE AGUA:
El tercer piso no debe gobernarse desde los clubes sociales. Pero tampoco desde el resentimiento contra ellos.
Debe gobernarse desde la realidad. Y la realidad de Sinaloa es mucho más grande que cualquier salón de élite.
Graciela Domínguez apenas comienza. Que no la juzguen antes de tiempo, pero que tampoco ella se confunda: la cercanía con la gente puede abrir la puerta del poder; solamente los resultados pueden mantenerla abierta.
“Si cierran la puerta, apaguen la luz”. “Nos vemos mañana”…
