DEPORNETA

Por Daniel Sámano

Hoy 21 de septiembre, se celebra el Día de la Lucha Libre en México y aprovecho para hablar del pancracio que tanto ha dejado a este país.

Y es que hay algo que me llama la atención cada vez que se habla de lucha libre en México: todavía hay quienes la ven como un espectáculo menor. Como algo que sirve para entretener un rato, pero que está lejos de tener la importancia de otros deportes. Y creo que ahí estamos cometiendo un error.

Los números recientes dicen otra cosa. Triplemanía 34 reunió a 18 mil 204 personas en la Arena CDMX durante su segunda noche, mientras que la primera función, en Las Vegas, registró 6 mil 604 asistentes. En total, hablamos de más de 24 mil personas en las dos funciones.

Y mientras AAA hacía lo suyo, el Consejo Mundial de Lucha Libre (CMLL) celebraba su 93 Aniversario en la Arena México. WrestleTix estimó 16 mil 448 boletos distribuidos para esa función y, más allá de las diferencias entre las cifras que se han publicado, hubo algo que quedó claro: la gente volvió a llenar la catedral de la lucha libre.

Pero entonces, ¿Por qué, en pleno 2026, cuando tenemos cientos de opciones para entretenernos desde el celular, miles de personas siguen pagando un boleto para ir a ver lucha libre? Creo que la respuesta va mucho más allá de querer ver quién gana una lucha.

La lucha libre en México forma parte de nuestra cultura. Está en las máscaras, en los personajes, en las arenas, en las historias que pasan de padres a hijos y hasta en esas discusiones eternas sobre quién fue mejor: El Santo, Blue Demon, Mil Máscaras o cualquier otro de los grandes nombres que ha dado este deporte.

Porque sí, también es un deporte. Pero decir solamente eso se queda corto.

La lucha libre tiene algo de teatro, algo de espectáculo y muchísimo de identidad. Un luchador puede convertirse en un personaje que trasciende la arena y que la gente reconoce aunque no siga semana a semana sus funciones. Pocos espectáculos tienen esa capacidad.

Y lo interesante es que no estamos hablando solamente de nostalgia.

El CMLL cumplió 93 años y sigue haciendo funciones. AAA convirtió Triplemanía en un evento de dos noches y llevó una de ellas a Las Vegas. El talento mexicano continúa compartiendo carteles con luchadores de empresas internacionales como AEW y STARDOM.

La lucha también encontró nuevas formas de llegar a la gente. Antes había que esperar la función en televisión o comprar un boleto para ir a la arena. Hoy un luchador puede hacerse viral con un video de unos segundos y llegar a personas que probablemente nunca habían visto una función completa.

Eso también habla de su capacidad para adaptarse.

Pero creo que lo más importante no está en los números. Está en la memoria.

Hay gente que tiene una máscara guardada desde hace 20 o 30 años. Hay quienes recuerdan perfectamente la primera vez que fueron a la Arena México. Hay padres que llevaron a sus hijos a una función y ahora son los hijos quienes llevan a sus propios niños.

Y quizá por eso me parece injusto hablar de la lucha libre como si fuera un espectáculo que se quedó atrapado en otra época. Claro que ha cambiado. También cambió el público, cambiaron los medios y cambió la manera de consumir entretenimiento, pero la esencia sigue ahí.

Sigue estando la máscara, el personaje, la rivalidad, el grito de la gente y ese momento en el que todo el público se levanta porque sabe que puede venir una cuenta de tres. Puedes verla en una arena llena o en un video de redes sociales, pero la emoción sigue siendo la misma.

Además, la lucha libre mexicana ha conseguido algo que no es sencillo: sobrevivir a varias generaciones.

No necesita competir con el futbol ni demostrar que es más importante que otro deporte. Tiene su propia historia y su propio público. Y después de casi un siglo, sigue teniendo gente dispuesta a comprar un boleto para verla.

Tal vez esa sea la mejor manera de entender su importancia.

La lucha libre no solamente pertenece a quienes crecieron viendo a sus ídolos. También pertenece a quienes hoy están descubriendo a los nuevos. Y mientras haya un niño que quiera una máscara, un aficionado que siga defendiendo a su luchador favorito y una arena llena cuando suena la campana, difícilmente podremos decir que la lucha libre es cosa del pasado.

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