SOBRE EL CAMINO

Por. – Benjamín Bojórquez Olea.

Gerardo no es perfecto

Hay una diferencia abismal entre construir una imagen y tener el valor de mirar la propia conciencia. La primera necesita aplausos; la segunda exige silencio, memoria y, sobre todo, la valentía de reconocer que también se ha fallado. Gerardo Octavio Vargas Landeros no es la historia de un hombre perfecto, sino el retrato de un ser humano cuya verdadera dimensión todavía debe medirse entre sus aciertos, sus errores y las consecuencias de sus decisiones políticas.

Séneca advertía que la vida no es breve por naturaleza, sino que muchas veces desperdiciamos su tiempo. Sin embargo, el problema puede ser todavía más profundo: hay hombres que acumulan años, cargos y relaciones, pero olvidan que ninguna trayectoria los exime de rendir cuentas. Porque el tiempo no solamente concede experiencia, también exhibe contradicciones.

Vargas Landeros ha recorrido caminos de poder, ha conocido las mieles del reconocimiento y las asperezas de la derrota. Detrás del personaje público existe una historia humana, con familia, afectos, lealtades, ambiciones y equivocaciones. Pretender que todo ello cabe en una biografía impecable sería negar la naturaleza misma del ser humano. Pero convertir las imperfecciones en una justificación permanente sería un error todavía mayor.

Aristóteles entendía que el carácter se forma mediante los actos repetidos. No basta con proclamarse disciplinado, leal o comprometido; esas virtudes adquieren valor cuando sobreviven a la adversidad y se manifiestan en decisiones concretas. La palabra empeñada no es un atributo que uno se concede, sino una confianza que los demás deciden otorgar.

Max Weber distinguía entre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad. La primera permite defender principios; la segunda obliga a responder por las consecuencias. Gerardo Vargas puede reivindicar su experiencia, su capacidad de negociación y su vocación de servicio, pero ninguna de esas cualidades debería colocarlo por encima del escrutinio público. La experiencia política no es una absolución; es una responsabilidad acumulada.

La lealtad, por su parte, no debería confundirse con la obediencia ni la amistad con la complicidad. Los verdaderos aliados no son quienes aplauden cada decisión, sino quienes advierten cuándo la soberbia comienza a sustituir a la prudencia. Un círculo que solamente confirma las virtudes de su líder termina convirtiéndose en una habitación de espejos, donde la realidad desaparece detrás de la imagen.

Ahome, tierra vinculada a la trayectoria de Vargas Landeros, representa mucho más que una referencia geográfica o una plataforma de aspiraciones. Es una comunidad con necesidades, expectativas y el derecho irrenunciable de evaluar a quienes hablan en su nombre. El amor al terruño no se acredita con discursos, emblemas o declaraciones de cercanía; se demuestra con resultados, sensibilidad y capacidad para corregir el rumbo cuando la realidad contradice las promesas.

Incluso el trébol, símbolo político con el que se identifica, puede servir como metáfora de una vida que busca encontrar oportunidades entre las dificultades. Pero ningún emblema sustituye a la conducta, así como ninguna narrativa personal puede borrar las responsabilidades de la vida pública.

Y aquí conviene hacer una distinción esencial: reconocer la humanidad de un político no significa justificar sus decisiones, del mismo modo que cuestionar su trayectoria no obliga a negar sus cualidades. La imparcialidad comienza cuando dejamos de exigir santos y demonios, y empezamos a evaluar personas, hechos y consecuencias.

Quizá ese sea el desafío más importante para Gerardo Vargas: transformar la experiencia en prudencia, la firmeza en capacidad de escuchar y la palabra en hechos verificables. No necesita ser presentado como un hombre sin errores; requiere demostrar que sus errores no tienen la última palabra sobre su historia.

Al final, los cargos se terminan, las fotografías envejecen y los aplausos encuentran nuevos destinatarios. Lo que permanece es aquello que una persona hizo con las oportunidades que tuvo, el bien que consiguió construir y la responsabilidad con la que enfrentó sus equivocaciones.

GOTITAS DE AGUA:

Esta no es la elegía de un hombre perfecto ni la absolución de un personaje público. Es una reflexión sobre la fragilidad humana, sobre las luces que nos impulsan y las sombras que nos obligan a detenernos. Es también una advertencia: ninguna trayectoria está terminada mientras exista la posibilidad de corregir, pero ninguna trayectoria merece reconocimiento únicamente por lo que promete ser.

Gerardo no es perfecto. Y precisamente por eso, su mayor desafío no consiste en convencer al mundo de quién ha sido, sino en demostrar, con sus actos, quién está dispuesto a ser. “Si cierran la puerta, apaguen la luz”. “Nos vemos mañana”…

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